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Silvia Fantozzi

En mi experiencia como psicóloga, aprendí a reconocer características femeninas universales y sanas.

Componentes que permanecen casi inexplorados. Todo lo que se conoce fue escrito por hombres; hasta hace menos de un siglo éramos analfabetas. Mujeres y hombres estudiamos y comprendemos los problemas de la vida desde una perspectiva y,  como dice un refrán africano “un solo pie no basta para recorrer un sendero, una sola mano no puede aplaudir”. Los hombres no saben que no saben y tanto ellos como nosotras aprendemos de textos rengos en los que todo lo que queda afuera es anormal.

Hechos comunes que parecen enfermedades y una necesidad personal llevan a hombres y mujeres a buscar ayuda psicológica.

Una especial sensibilidad a las frustraciones, los rechazos y la impresión de no poseer los recursos para sobrellevar ciertas situaciones de la vida y las relaciones con los otros. Puede que, simplemente, sientas que no “encajás”.

Los problemas propios que plantean esos estados y condiciones inevitables te producen una enorme incomodidad. Como si la peor molestia de la existencia fueras vos.

Te resulta imposible hacer coincidir lo que deberías con tus sentimientos.

El malestar con el cuerpo se traduce en una batalla fría contra lo que tocó en suerte.

En los afectos, sentís una tensión permanente entre soledad y compañía, que pudre las relaciones  con parientes, colegas, amistades,  “huesitos” y parejas “estables”.

Si decidís llevar toda esta carga a una consulta psicológica, es probable que hayas intentado muchas “recetas” y explicaciones, entre ellas, acomodarte: convivir con la piedra en el zapato.

Pero, el problema es que resolviste esconderte. Con la convicción de que nadie podrá entender. “Yo soy así y nadie tiene por qué saberlo.”

Hacer terapia para no sufrir tanto, para explicar lo que pasa o  para empezar a vivir y disfrutar. Para descubrir y experimentar cuánto de lo que creés más molesto expresa  lo más verdadero y valioso que tenés.

 

 

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