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literatura en psicologia para mujeres

EL LUNAR

Yasunari Kawabata,  marzo de 1940

Anoche soñé con el lunar.
Con sólo mencionarlo ya sabes que se trata de aquel lunar, por cuya causa tantas veces me regañaste.
Es el que está sobre mi hombro derecho, o sería mejor decir sobre el nacimiento del cuello.
–Es más grande que un frijol. Si te lo sigues tocando, un día de éstos lo veras brotar…
Así solías burlarte. Pero, como decías, resultaba demasiado grande para ser un lunar: era además redondo y prominente.
Desde niña me había acostumbrado a jugar con él al irme a la cama. ¡Cómo me avergonzó el que descubrieras mi hábito! Recuerdo que hasta me puse a llorar, y te sorprendió mucho mi reacción.
–Sayoko, déjalo. Cuanto más lo toques más se agrandará.
También mi madre me había reprendido cuando tenía menos de quince años. Después guardé para mí esa costumbre, que persistió aun cuando dejé de tener conciencia de que lo era.

La primera vez que lo notaste yo era más una niña que una esposa, y sentí una vergüenza que seguramente tú, como hombre, no podrías llegar a entender. Pero fue algo más que vergüenza. Es horrible, pensé; el matrimonio contigo se me apareció como algo realmente terrible.
Era como si todos mis secretos hubieran sido expuestos –el temor de que leyeras un secreto tras otro, sin que yo misma supiera cuáles– como si me quedara sin ningún refugio.
Tú te dormías fácilmente, a veces me sentía un poco solitaria, y al mismo tiempo relajada, pero cuando mi mano, sin querer, iba hacia el lunar, me sobresaltaba.
“Ni siquiera puedo tocar mi lunar sin preocuparme”, habría querido escribirle a mi madre, pero me sonrojaba ante la idea de hacerlo.
–Pero qué tontería, preocuparse por un lunar– me dijiste cierta vez. Te di la razón, contenta, aunque recordándolo ahora, me pregunto si no debiste ser más indulgente con mi hábito.
El lunar en sí no me preocupaba tanto; estaba segura de que nadie observa el cuello de las mujeres en busca de lunares. La expresión “intacta como una habitación cerrada” suele aplicarse a una niña deforme; en cambio un lunar, por grande que sea, difícilmente podría ser llamado una deformidad.
Pero, ¿por qué caería en el hábito de jugar con mi lunar? También me pregunto por qué eso te llegó a molestar tanto
–No lo toques– me decías–, no lo toques–. No sé cuántos cientos de veces me llamaste la atención.
–¿Debes usar necesariamente la mano izquierda? –dijiste una vez, en el colmo de la irritación.
–¿La mano izquierda…? –me sorprendía la pregunta.
Era cierto. Por primera vez me daba cuenta de que siempre lo tocaba con la mano izquierda.
–Está en tu hombro derecho, ¿no? Deberías usar la mano derecha.
–¿Ah sí? –Levanté mi mano derecha y la llevé al lunar–. Pero es raro.
–No hay nada de raro.
–Es más natural tocarlo con la mano izquierda.
–La mano derecha está más cerca.
–Sí, está más cerca, pero hay que hacer un movimiento contrario.
–¿Contrario…?
–Sí, es decir, se trata de elegir entre pasar la mano por delante del cuello o de hacerlo por atrás, así.
Por ese entonces, yo no estaba dispuesta a hacerte caso en todo lo que dijeras. Aunque así te contestara, al pensarlo advertí que pasar la mano izquierda delante de mí para tocar el hombro derecho era como ponerme en guardia para protegerme de ti, o como si me estuviera abrazando a mí misma. Sentí que no había sido justa contigo.
–¿Pero que hay de malo en usar la mano izquierda?– te pregunté con suavidad.
–No importa si es la mano izquierda o la derecha; es un mal hábito.
–Lo sé.
–¿No te he dicho y repetido que vayas a ver al médico para que te lo quite?
–No, no quiero; me da vergüenza.
–Dicen que es una cosa muy simple.
–¿Quién acudiría a un médico para quitarse un lunar?
–Parece que muchos.
–Bueno, si se tratara de un lunar en el medio de la cara, tal vez. Dudo que haya gente que se moleste en sacarse un lunar como el mío. El doctor se reiría; además imaginaría que estoy allí por protestas de mi marido.
–¿Podrías decirle que se debe a tu mala costumbre de tocarlo?
–¿Qué? –exclamé–. Pero si está en un lugar que no se ve. Podrías pasarlo por alto, ¿no crees?
–No me importa el lunar, siempre que no lo toques.
–No tengo intención de tocarlo.
–Eres terca. No estás dispuesta a corregirte por mucho que yo insista.
–Trato de hacerlo. Hasta llegué a usar un pijama de cuello alto para no tocarlo.
–No por mucho tiempo.
–¿Pero es tan malo tocarse el lunar?–. Creo que tenía ganas de contrariarte.
–No creo que sea tan malo. Sólo te pido que no lo hagas porque no me gusta.
–¿Pero por qué te disgusta tanto?
–No tengo por qué dar razones. No tienes necesidad  de tocarte el lunar, es una mala costumbre, y me gustaría que dejaras de hacerlo.
–Nunca dije que no dejaría de hacerlo.
–Y luego esa cara extraña cuando te lo tocas, como si estuvieras ausente, se te ve miserable.
–¿Miserable…?
Seguramente tenías razón; tocada en lo más hondo, tuve que convencerme de que así era.
–La próxima vez que me veas hacerlo, pégame en la mano, y aun en la cara.
–¿Pero no te hace infeliz el que habiéndolo intentado durante años, no fueras capaz de corregir un hábito tan insignificante?
Quedé callada, pensando en aquella palabra que dijiste: “miserable”.
Esa postura con la mano izquierda rodeando el cuello por delante, debió de parecerte triste y desdichada. No me atrevería a usar una palabra grandilocuente como “solitaria”, para describirme, sino más bien desgraciada, mezquina, una mujer odiosa empeñada en proteger su pequeño ego. Y la expresión de mi rostro seguramente era como la describiste, “extraña, ausente…”
¿Lo tomarías como una señal de que yo no estaba entregada realmente a ti, como si pusiera un gran vacío entre los dos? ¿Tendrías la impresión de que mis verdaderos sentimientos sólo se mostraban en mi rostro cuando tocaba el lunar con gesto ausente, como lo venía haciendo desde niña?
Quizá el hecho de que te irritara tanto ese gesto sin importancia se debía a que ya no estabas satisfecho conmigo. De estarlo, lo habrías dejado pasar con una sonrisa.
Me estremecí alarmada al pensar, por un instante, que podría haber hombres a quienes mi hábito les pareciera encantador.
No dudo –ni aún ahora– que fue tu amor el que descubrió mi manía. Pero son estas pequeñeces las que, al crecer y complicarse, echan malas raíces en el matrimonio. Para maridos y mujeres verdaderos, las excentricidades personales no llegan a contar en lo más mínimo, mientras que esas mismas cosas pueden convertirse en problemas para otros matrimonios. No quiero decir que aquellos que no tienen problemas cotidianos sean necesariamente los que se aman y los que nunca están de acuerdo se odien. No obstante, pienso que hubiera sido preferible dejarme en paz con mi lunar.
Llegaste al extremo de golpearme y maltratarme. Lloré y te pedí ser menos violento y que no me hicieras sufrir por tocarme el lunar; pero eso no era lo importante. Cuando con voz temblorosa dijiste “¿Qué hacer para curarte?”, entonces entendí lo que sentías, y no te guardo rencor. Si lo hubiera contado a alguien, te habría criticado como a un marido cruel. Pero habiendo llegado a un punto en que la más trivial de las cosas nos ponía en tensión, en realidad tus golpes me relajaban.
 –Nunca me curaré, nunca. Átame las manos.
Junté mis manos y las extendí hacia ti; era una forma de entrega.
Te vi confuso y vacío ante mi reacción. Por fin, tomando un cordón de mi kimono ataste con él mis manos.
Me sentí feliz de que miraras cómo yo trataba de acomodar el cabello caído con las manos atadas. Me dije que esto acabaría con el hábito que venía arrastrando por tanto tiempo.
Aunque no sé hasta qué punto hubiera resultado peligroso que en ese entonces alguien rozara mi lunar.
¿Se debió a que no pude vencer mi costumbre el que dejaras de mostrarme tu cariño? ¿Quisiste indicar que renunciabas y me dejabas hacer lo que me venía en gana? Cuando tocabas mi lunar fingías no verme, y nunca más hablaste de ello.
–¿Viste que últimamente no me toco el lunar?
Lo dije como si yo misma lo acabara de descubrir. Tú tan sólo gruñiste, y tuve la impresión de que el problema ya no te importaba en absoluto.
Ante esa indiferencia, tuve ganas de preguntarte el por qué de tu anterior empeño; al mismo tiempo, supongo que también por tu parte, hubieras querido preguntarme cómo, si el hábito era tan fácilmente curable, no había sido capaz de superarlo antes. Pero ni siquiera me hablaste.
Creí leer en tu expresión que una costumbre que no era ni medicina ni veneno nada importaba, y que lo mismo podía dedicarle todo el santo día. Me sentí desanimada, y sólo para molestarte quise tocarme el lunar frente a tus ojos; pero cosa extraña, mi mano no me obedeció. Me sentí desamparada y enojada.
Pensé tocármelo cuando no estuvieras, pero de algún modo me pareció deprimente, sin sentido, y mi mano no se movió.
Bajé los ojos y me mordí los labios, esperando que me preguntaras qué había pasado con mi lunar, pero nunca más esa palabra apareció en nuestra conversación.
Y tal vez fue junto con eso que muchas otras cosas también desaparecieron.
–¿Por qué no pude hacer algo en los días en que tú te enfadabas? En verdad, soy una mala mujer.
Ahora que al dejarte volví a mi casa, tomando un baño con mi madre, ella me dijo:
–Tu cuerpo no luce como antes Sayoko. No se puede con la edad, ¿no es cierto?
La miré asombrada; ella se conservaba como siempre, regordeta y con la piel fresca y blanca.
–Y el lunar ya no es tan atractivo.
Quise decirle que ese lunar había sido la causa de muchos sufrimientos, pero me contuve.
–Dicen que un médico puede extirparlo con suma facilidad.
–¿Ah sí? Un médico… pero quedaría la marca– fue su respuesta distraída.
¡La tranquilidad de mamá!
–Aquí solíamos reír con la idea de que seguirías tocándote el lunar aun después de casada.
–Sí, lo tocaba.
–Eso creímos.
–¡Qué mala costumbre la mía! ¿Cuándo empezó?
–Bien.., ¿cuándo empiezan a tener lunares los niños? No los ves en los recién nacidos.
  –Mis niños no tienen ninguno todavía.
–¿Ah, sí? De todas maneras, aparecen a medida que uno crece, y nunca desaparecen. Aunque uno tan grande como el tuyo debe ser muy raro. Debiste tenerlo desde muy pequeña– mi madre rió mirando  mi hombro.
Ahora recuerdo cuando era niña, mi madre y mis hermanos jugueteaban con mi lunar, esa cosa atractiva en mi piel todavía fresca. ¿No habrá originado eso mi hábito de jugar con él?
Acostada en la cama, quise palpar el lunar tratando de recordar cómo había sido cuando era niña o adolescente. Hacía mucho que no lo tocaba, años.
De regreso en la casa donde había nacido, sin tenerte a mi lado, podía jugar con él sin preocuparme por nadie. Pero de alguna manera me fue imposible.
En el momento mismo en que mis dedos alcanzaron el lunar, sentí brotar unas lágrimas frías.
Trataba de recordar mi pasado, cuando era joven, y al tocar el lunar, lo único que vino a mi mente, fuiste tú.
Fui maldecida como una mala esposa y es posible que te divorcies de mí; pero nunca supuse que una vez aquí, en la cama de mi casa paterna, tú habrías de ser lo único que anhelaría.
Di vuelta a la almohada mojada –y soñé con el lunar–.
No recuerdo en qué cuarto era, pero ahí estabas tú, y aparentemente otra mujer con nosotros. Yo bebía y estaba bastante ebria. Te rogaba algo con mucha insistencia.
Luego apareció mi mala costumbre –alzar el brazo izquierdo, pasarlo por delante del cuello y llevarlo hacia la espalda–. Pero sucedió algo inusitado: desprendí el lunar con la punta de mis dedos. Lo hice con facilidad, como si se tratara de la cosa más natural. Lo que quedó en mis dedos era algo como la piel de un frijol negro cocido.
Como una niña caprichosa te suplicaba que me dejaras guardarlo en el hueco del lunar que tienes junto a la nariz. Apretando mi lunar contra el tuyo, yo clamaba y lloraba, tirando de tus mangas y aferrándome a tu pecho.
Cuando desperté, la almohada estaba empapada. Seguía llorando.
Me sentía cansada hasta los huesos; pero al mismo tiempo estaba más sosegada.
Permanecí acostada unos momentos, sonriente, preguntándome si realmente había desaparecido el lunar; no me atreví a comprobarlo.
Ésta es toda la historia sobre el lunar.
Aún retengo la sensación de la piel de un frijol negro entre mis manos.
Nunca pensé demasiado en ese pequeño lunar que tienes al lado de la nariz, y nunca hablé de él, y sin embargo, creo que siempre lo tuve presente.
¡Qué buen cuento de hadas sería que tu lunar empezara a agrandarse por haber puesto el mío adentro!
¡Y qué feliz me haría el que tú, al mismo tiempo, soñaras con mi lunar!

Hay algo que olvidaba decirte.
Cuando me señalaste lo miserable de mi expresión al tocarme el lunar, yo también lo entendí así, e interpreté tu comentario como una demostración de amor. Yo misma llegué a la conclusión de que todo lo despreciable en mí se reflejaba claramente en ese acto de tocar el lunar.
No obstante pienso que si, como ya te dije, la manía de tocarlo nació del cariño y el cuidado de mi madre y de mis hermanas, eso podría redimirme.
–Me imagino que solías regañarme de niña por tocarme el lunar– dije a mi madre.
–Sí, lo hacía… pero no fue hace tanto tiempo.
–¿Por qué me regañabas?
–¿Por qué? Es un mal hábito, ¿no crees?
–¿Qué sentías , mamá, cuando veías que me tocaba?
–Bueno… –mi madre inclinó la cabeza pensativa–. No era un espectáculo muy agradable.
–Estoy de acuerdo. ¿Pero cuán mal se veía? ¿Causaba lástima? ¿O parecía una niña obstinada y mala?
–No he pensado tanto acerca de eso. Me parecía que no estaba bien que te tocaras el lunar con esa cara somnolienta, nada más.
–¿Te fastidiaba?
–Bueno… era como si estuvieras obsesionada.
–Y tú y mis hermanas, ¿no jugaban con mi lunar para fastidiarme?
–Puede que sí.
Si eso era cierto, ¿no es posible que yo repitiera el gesto con aire ausente sólo para recordar el amor que mi madre y mis hermanas me prodigaron en la infancia?
¿No lo haría para recordar a las personas que amo?
Esto es lo que quisiera hacerte saber.
Me pregunto si no estarías equivocado de principio a fin acerca de mi manía con el lunar.
¿Pude tener presente a alguien que no fueras tú, cuando me tocaba el lunar estando a tu lado?
Más y más lo pienso ahora: el gesto que tanto te disgustaba, ¿no habría sido la confesión de mi amor, que no podía expresar en palabras?
Lo de tocarme el lunar es un hecho muy pequeño, y no quiero por supuesto usarlo como excusa; pero ¿acaso todos los otros actos de mala esposa no pudieron comenzar de la misma manera que el lunar? Quiero decir, ¿no será que habiendo comenzado a hacerlo por amor a ti, fueron tomando otro cariz hasta convertirse realmente en signos de una esposa reprobable sólo porque te enojabas al no ser capaz de ver las cosas como eran?
Mientras escribo esto se me ocurre que una mala esposa habla a veces impulsada por el capricho y el rencor; aunque así fuera, estas son las cosas que quería decirte.

                                                        
       

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