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Psicologa para mujeres

El siglo del psicoanálisis. *

  Escribir sobre una obra no es posible sin sobreponerse a cierto rechazo, Camus  nos alerta sobre los peligros que esta empresa encierra y que nuestra cultura se empeña en minimizar cotidianamente:
 “En gran parte un escritor escribe para ser leído (admiremos a aquellos que dicen lo contrario, pero no les creamos). Sin embargo, entre nosotros el escritor escribe cada vez más para obtener esa consagración última que consiste en no ser leído. Desde el momento en que efectivamente pueda constituir el tema de un artículo pintoresco de nuestra prensa de gran tirada, goza de todas las posibilidades de ser conocido por muchísimas personas que nunca lo leerán porque se contentarán con conocer su nombre y leer lo que se escriba sobre él. En adelante será conocido (y olvidado) no por lo que él es sino de acuerdo con la imagen que un periodista apresurado haya dado de él.”
Quisiéramos sustraernos a este destino
Emilio Rodrigué comienza El siglo del psicoanálisis con un cuento africano -¿es sólo metáfora?- que no abandonay no lo abandona en toda la obra. Este cuento es la única visita de otras voces que no remitea una fuente –y tiene miles–, no vamos a contarlo porque es recomendable la lectura del libro a todos los que no tuvieron ese placer. En el cuento aparece una parte de Emilio, ya que no es su biografía, y sí, porque él es gran parte el siglo del psicoanálisis, no sabemos si lo niega por modestia o coquetería.
  El arqueiro devenido biógrafo lanza una flecha certera, en verdad son múltiples, aunque la metáfora propuesta no lo admita.
  La primera lectura se hace sin aliento, una recorrida casi irrespetuosa de páginas y páginas. Impresiona la vitalidad de su letra. Juvenil, apasionante, vigorosa, podríamos seguir agregando adjetivos. Preciso y palpitante. Desparpajo que bordea la trasgresión “Me resisto a pensar-dice- que el mayor sexólogo de todos los tiempos haya sido nada más que un tímido y furtivo ‘puñetero’.”
  Las flechas de su arco encierran todo –con perdón de la palabra– política, ética, mujeres, teoría. La teoría, esa indómita virgen seduciendo a Freud y a él mismo cuando “hace su transferencia” del padre del psicoanálisis y la biografía es la autobiografía de su análisis con Freud… Y el fin.

  Rodrigué realiza en muchas formas un sueño. Copioso de imágenes. El trasfondo onírico atraviesa la obra. Desde el comienzo, flecha incierta que recorre a partir de la famosa placa de los orígenes del psicoanálisis y del libro hasta el final.

Sorprende la minuciosidad con la que recorre ese terreno, el de los sueños. Como uno de los pilares de la teoría; como novedosas interpretaciones de uno de  los archi-analizados sueños de Freud, el de la inyección de Irma; como –fundamentalmente– el proceso del pensamiento freudiano que deja de ser un producto bellamente terminado –que repetimos como si supiéramos– para transformarse en un aprendizaje en la construcción de los conceptos: “la cocina alquímica de la creación” lo es también para el autor.
Pero no sólo, nos enseña a descubrir a los analistas el valor de los sueños; la relación entre los objetos de estudio, el contexto y las ambiciones personales. Es en esta “porción de tierra conquistada” en la que Rodrigué y Freud parecen confundirse: su hipótesis sobre un sueño y la muerte del maestro conducen al discípulo –y a los lectores– a un fragmento de LIDLS cuya fuerza casi hemos perdido de vista: “Sin embargo, la antigua creencia de que el sueño nos muestra el porvenir no carece por completo de verdad. Representándonos un deseo como realizado, nos lleva realmente al porvenir; pero este porvenir que el soñador toma como presente está formado por el deseo indestructible conforme al modelo de dicho pasado”.
  Hipótesis certera, la del modelado, acuñada por el autor siendo el maestro, legitimada flecha aunque se nos aparezcan invertidos los términos en los que se pauta una biografía: principio, desarrollo y final.
La apología del héroe pobre que finalmente triunfa, metáfora y fórmula  biológica, en este tipo de escritos, de los reinos vegetal y animal que aprendíamos en la escuela “nace, crece, se reproduce y muere”. Y no puede ser de otra manera. Rodrigué hace psicoanálisis cuando “hace” la biografía, las temporalidades se invierten, o mejor, juegan a las escondidas, la muerte anticipada más de treinta años antes, esculpida en lo que fue un oscuro presente anterior... en un sueño.
  Pero no todo son sueños, la otra realidad se desanuda en las luchas y dificultades de cada texto y las posibilidades del contexto. En los apremios económicos. En las muertes. En los fracasos editoriales de las obras mas monumentales. En la ortodoxia que “no es más que la herejía dominante”.
  Lecturas después se puede navegar por ese río propuesto hinchado de anécdotas y documentos. Flotando en la corriente o hundido en su fondo misterioso el padre totémico del TyT, colmado de supersticiones y temores, salvaje paradójico que se apodera del misticismo y lo hace psicoanálisis.
  Los casos “famosos” –publicados por Freud y estudiados más o menos hasta el hartazgo– y los desconocidos: la paciente, su primera paciente, que se suicida en su consultorio.
  En el vaivén de estas temporalidades impuesta por ambos proseguimos, ¿regresamos?, a las teorías sexuales infantiles.  “Si LIDLS constituye el discurso del deseo, Los tres ensayos de teoría sexual deben ser considerados el discurso de la pulsión”. 
Freud “universaliza una gran intuición”.
En un más allá de las profundas aguas teóricas en las  que Rodrigué bucea y enseña –como dijimos– a bucear, o en un más acá, si vamos al caso, con este texto también nos explica los “usos estratégicos”: la separación de leales y disidentes.
  No sólo con la tesis del sueño se confunden y por lo tanto se separan para siempre discípulo y maestro, en sus obras presentimos la certeza de una frase del prólogo: “Cuando el deber se vuelve deseante, proporciona un incentivo tan intenso que no parece sublimación”. Ambos encarnan teoría, ambos son teoría hecha carne. El siglo del psicoanálisis nos introduce en lo que somos y en lo que no somos. Y en lo que seríamos cuando este presente cincela sus marcas en el deseo indestructible. Por respeto a Freud, -y para enojo, quizá, de Rodrigué- debería agregar de la especie.

 

 

* Comentario Publicado en www.elsigma.com Julio 2003. Sobre el libro Sigmund Freud. El siglo del psicoanálisis. De Emilio Rodrigué.

Nota: Todas las citas pertenecen al libro.

 


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