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Psicologa para mujeres

LA DISPONIBILIDAD COMO CUALIDAD CLÍNICA*

Es una clínica de dificultades múltiples e inespecíficas. El "motivo de consulta" no aparece y tampoco hay esperanzas de encontrarlo. Poco para decir, mucho para llorar, sin quejas. Silencios que no son resistencia.
En estos casos, la anamnesis parece una práctica insensata, en el sentido que le da Masud Khan: "… en el espacio transicional inventado por Freud, generalmente llamado situación analítica, tienen lugar encuentros en que sólo gradualmente va cediendo la desconfianza de ambas partes… Dentro de este contexto, la curiosidad [del analista] constituye una distracción…"
O, más impiadoso, Bion: "Como psicoanalista tenía el deber de tener un espíritu abierto, y al mismo tiempo me hallaba bajo una constante presión, que provenía también de mí mismo, para buscar refugio en una certidumbre."
        
En estos encuentros, las dos personas involucradas en la situación, tenemos la sensación de que algo está mal, o no anda bien; pero no se sabe bien qué y tampoco se encuentra manera de averiguarlo. Cuando empecé a trabajar con estos casos –auxiliada por alguna teoría sin comprenderla demasiado–  en el momento que se podía establecer alguna forma al malestar y formular  cierto esbozo de interrogante, inevitablemente, se alzaba una pared, era imposible profundizar, ir más allá. En broma y en serio, decía: "Y, en esta habitación, ¿a quién le podemos preguntar?"

Después de Winnicott y Khan, de Bion y los  desarrollos  respecto de esta clínica especial, un día encontré a un gran predecesor:
Fairbairn describe magistralmente ciertas características de estos pacientes, que establecen una disociación en la que no media la represión. Sustituyen los recursos emocionales por los intelectuales y la primera consecuencia es que se libidinizan los procesos de pensamientos.

  • Una personalidad "enamorada" rígidamente de su sistema intelectual que usa para interpretar el mundo,  trae prolijamente un resumen de su vida, o de su semana con interpretaciones sagaces sobre las cosas que suceden, los motivos de los otros, las "soluciones"  masticadas pero irrealizables. Las señales. Las sobre interpretaciones; las "lecturas".
  • Encerrada en este tipo de pensamiento, se mantiene "aparte" con una superioridad que generalmente permanece inconsciente.  Paradoja: se siente menos y más que los demás.

 Las fuentes de esa sensación de ser diferente, dice el autor,  se basan en que

  • en su vida temprana llegaron a convencerse, por sucesivas experiencias,  que no eran aceptados por su madre como personas, ya sea por excesiva indiferencia o porque era excesivamente intrusiva o dominante. A  la mamá de un paciente le decimos "arbolito de navidad", porque se prende y se apaga, aparece y desparece, está y no está, es poco confiable, inasible.

En algunos casos intervino el azar, una internación, un hermano grave, un duelo, algo se coló en ese momento precioso de los comienzos. El bebé es abandonado y al bebé no le importa si la madre esta grave o se fue de joda.

  • Como resultado de esa privación quedaron profundamente fijados a la madre, esta actitud se manifiesta en una extrema dependencia inconducente. Son pacientes que forman lazos intensos y frágiles, viven entre enormes despechos, rechazos, muertes simbólicas y apasionadas intimidades. Por ejemplo, cuenta "todo" de entrada, revela secretos como entregando el alma.  O anuncia  "esto, jamás se lo dije a nadie".
  • Esta tendencia se convierte en autoconservadora cada vez que una situación presenta una amenaza para el yo; se produce –dice Fairbairn– una regresión a la fijación "pecho-madre" que se internaliza y extiende a las relaciones con otros objetos (aquí pecho está más cerca del concepto madre ambiente de Winnicott que de madre-objeto del cual sería un  precursor, "si todo va bien") ; Como resultado de esta generalización se producen zonas de "no-diferencia" el otro debería adivinar sus necesidades, el pecho llega siempre demasiado tarde o ahoga. En la experiencia clínica, este extremismo pone continuamente en riesgo la  relación terapéutica. Ante un supuesto desplante del analista no pesan los años de tratamiento, la confianza se pierde. En un instante, el otro puede dejar de ser confiable. Los más sumisos callan este dolor y se esconden simulando comprensión.
  • La función autoprotectora de esos mecanismos  genera una súper valoración del mundo interno a expensas del mundo externo, y una  autoobservación permanente, ya sea del funcionamiento corporal o monitoreo del estado anímico. Este "desenganche" del mundo exterior, provoca un pseudo aislamiento, una desesperada necesidad de depender y la tremenda resistencia a entregarse. Se manifiesta en tardanzas exageradas y frecuentes o ausencias. Cambiar de horarios permanentemente, problemas con el pago (dejar el dinero sobre la mesa, entregarlo hecho un bollo, olvidarse de traerlo): el encuadre es un punto de llegada,  casi nunca se organiza desde el vamos. A veces, los puntuales, prolijos, rompen el vínculo como  dice Bion atacando lo que lo une al terapeuta, lo verbal, por ejemplo, "lo que voy a decir es una pavada". O descalificando las palabras del analista en secreto o en acto.

Cualquier  comportamiento no es un hecho aislado, es un patrón, un modo personal de enfrentar el mundo y el encuadre debe ser un setting o se rompe. El setting tolera ciertos desmanes inevitables: paradójicamente esos ataques son técnicas para preservar el espacio. Lleva tiempo que los dos involucrados entendamos esto.
El esquizoide tiende a erigir defensas contra su amor hacia los otros y de ellos hacia él.  Siente que lo "malo" es el amor, no el odio. Lo que mata es el amor. El amor hacia el objeto puede destruirlo, pero tampoco puede recibir amor del objeto, siente que puede desintegrarse, fundirse. En estas circunstancias la transferencia es un amor imposible.

Como dije, "¿a quién le podemos preguntar en esta habitación?". A nadie, no hay nadie.
E. se encarga  de mostrar la ausencia de un algo-alguien. Hace sentir eso ausente. Es tangible,  de otro, alguien que no estuvo disponible  rebota y me absorbe. Enmudezco. Estoy inerme,  en presencia de lo que no  fue para ella.
Llega y se ocupa de infinitos objetos que trae, esos que llevamos todos, especialmente las mujeres, los saca de la cartera, los usa mientras habla como si fuera dos personas, la que  explota los objetos y  otra que habla de problemas corrientes. Llaves, agenda. Usa el lápiz de labios, la birome; los cosméticos, espejos, se maquilla. Se quita las botas, las medias, las acomoda. La billetera, cuenta los billetes, los ordena, descarta tiques de compras. Se pone crema en las manos, gotas en los ojos.  Infinitas actividades que comienzan cuando se sienta y se suceden sin parar mientras hilvana una charla "normal". 
Muchas sesiones, mucho tiempo transcurre así. Se agregan objetos, otros desparecen. Jamás hablamos de ellos ni de sus movimientos incansables, infatigables, agobiantes. El pelo, las hebillas, una latita de gaseosa, caramelos, los papeles de la facultad. Sándwiches, papas fritas, bolsitas ruidosas.  Asisto a un tren en marcha, un parto, una bandada.  No hay palabras sobre estos hechos. Ella no las nombra. De mi lado, siento que sería una violación mencionar siquiera lo que estoy viendo sin comprender.
Tomamos mate.
Poco a poco, mucho tiempo después cuenta que cuando era chica se arrancaba el pelo. Llegamos a una regresión benigna, –concepto de Winnicott, que uso para  respetar silencios, faltazos, incoherencias, cambios de horario, berrinches–  un recuerdo la sillita donde la sentaba la psicóloga cuando tenía dos años y medio ¿sustituto del regazo? Un regazo "flojo", tampoco podía sostenerla. Ella y su madre necesitaban upa.

La disociación, lo esquizo, lo partido no se manifiesta únicamente en la sesión o en una existencia rota; se multiplica como las imágenes en los espejos enfrentados. Las personas mantienen una vida que vista de afuera, se percibe como exitosa: parejas más o menos,  capacidades  sexuales no inhibidas, a veces al contrario, excesos; trabajos, intelecto sobre rieles, estudios sostenidos. Ciertos parámetros que podemos considerar realizaciones.  Pero sienten que viven detrás de un vidrio. Un cristal que a veces se rompe en estallidos incontenibles. Tormentas violentas difíciles de sujetar. Desasosiegos en caída libre.

La raíz de la agresión, el puro acting o su reverso absoluto la "depresión", el aislamiento, ese repliegue que  intenta, como dijimos,  defender a los objetos de su amor o defenderse de sus sentimientos.
Padece agudas explosiones  de odio de consecuencias  difíciles de manejar.  Arremete contra alguien cualquiera que le cause una decepción que interpreta como ataques– parejas, familiares, jefes,  gente del trabajo– en situaciones que carecen de importancia. A veces, pone en riesgo su integridad física o la de otros, intervenciones policiales, amenazas de pérdida del empleo. Llamados angustiosos  sin hora, de auxilio para "contenerse". Un día, cuando empezó a soportar sentirse triste, a percibir dolor, grita: "¡¡Hice de todo para no sentir esto!!".

Son pacientes muy exigentes, nada de jugar a las visitas, los menos maltratados tienden a hacer(se) trampa, a esconderse demasiado. Les  lleva infinito tiempo confiar.  Relatan como si fuera una película, fraseologías que ya contaron al infinito. Le digo "declaraciones a la prensa" y  cede una sonrisa, me odia entrañablemente.
A  veces llora a los gritos, otras, como a escondidas. Sin palabras. Luego viene el tiempo de resoplar: Uh!!  Ahhh!!  Aggghrrr, mmff.  Y patalear. No se acuerda.

Dobla cuidadosamente su abrigo. No habla durante una hora, cada quince o veinte minutos le pregunto si tiene alguna incomodidad. Dice que no, que está en paz. Cuando se va digo "no podemos hablar del silencio" y sonríe indulgente. Admite mi ignorancia.

Aprendí en acto que el miedo es un obstáculo. La sorpresa es un componente esencial, los pacientes son impredecibles. También es cierto que el trabajo sería imposible  con un arma en la cabeza y es parte del setting garantizar ciertas condiciones mínimas.
No asustarse de nada o no asustarse demasiado, este axioma corre para las dos personas del consultorio, para el paciente y para mí. Lo peor que puedo hacer es abdicar.
Algunos estados casi insoportables  exigen –sin otra intervención – ser tolerados, simplemente. Sin embargo, este hecho tan simple es muy difícil.  Ansiedad galopante, furia, cierta/s alucinosis, como la/s llama Bion. El hecho de no sentir miedo es sostener. ¿Cómo impedir las tranquilizaciones que forcejean por asomar? Las interpretaciones, las preguntas  que, paradójicamente, impiden el desarrollo de los estados que no sólo se autocontienen si se los deja ser, sino que abren posibilidades insospechadas para la vida del paciente. No para la vida de afuera del consultorio, sino la vida de sentirse vivo, pleno y triste, enojado o asombrado. Vivo, real. Ahí, porque sí.
Otro obstáculo es el cansancio, algunos pacientes se van antes, dicen "bueno, ya está"; otros se quedan un poco más. La diferencia entre atender necesidades y satisfacer demandas, también es corporal. La disponibilidad, es una cualidad ambiental que crea confiabilidad. Sin duda, el tiempo de estar con, no es mental, la disponibilidad tampoco.
Alguien me deja completamente agotada, alguna vez, algunas veces sin que pueda entender cuál es la causa, una charla aparentemente inocente, se desploma en mis espaldas. Otro se duerme, pero antes de dormirse entramos en una somnolencia en la que me debato con saña, cuando me despabilo, se rinde. No sé cómo despertarlo.
También noto contracturas, cierro las manos, sin darme cuenta. Aprieto los dientes, subo los hombros. ¿Contratransferencias de sus heridas sin voz, sin palabras, previas al pensar? Huellas por dónde empezar a desandar, mi cuerpo como  caja de hora de juego, un tendón muestra algo. Y en ese otro cuerpo también están buscando habitarse  lo vivo y lo no vivo. Se sienta lejos, o muy cerca, necesita una manta o muchos almohadones. Alguien mueve frenéticamente los pies en círculos y, al mismo tiempo, con una mano suavemente se enrula un mechón, despacio. Como si se auto calmara.
Para estos pacientes el psicoanálisis puede resultar muy provechoso. Las experiencias que intenté transmitir de ninguna manera constituyen "correcciones emocionales"  El analista no es la madre ni "hace" de madre supuestamente "buena", con qué poco alcanza dice Winnicott. También afirma que el paciente no es un cuadro: "La idea de psicoanálisis como arte debe ceder gradualmente ante el estudio de la adaptación ambiental relativa a las regresiones de los pacientes. Pero mientras se siga sin desarrollar el estudio científico de la adaptación ambiental supongo que los analista debemos continuar siendo artistas en nuestro trabajo. El analista puede ser un buen artista, pero a menudo me he hecho la siguiente pregunta: ¿a qué paciente le interesa ser el poema o el cuadro de otra persona?"
A estos sin duda no. Aunque se muestren ávidos de interpretaciones – para ganar una seguridad artificial– sólo les interesa ser leales con ellos mismos, con el entusiasmo de la adolescencia o sucumben a la nada.  Si aceptan, se esconden, pero ya se fueron aunque sigan viniendo. No están dispuestos a la estafa de sanarse o normalizarse, quieren ser, sentirse que son, de verdad. Por eso muchas veces continúan indefinidamente "enfermos" sosteniendo esa cuota de expresión verdadera y espera desolada. Desesperan a familiares  y analistas refugiándose  en sus oscuridades sanas.

En esta apuesta a todo o nada, uno, una, el analista,  también se transforma personalmente. No sólo estoy disponible para el paciente sino para  el propio encuentro con mis zonas personales desconocidas.

 "... Lo primero que quisiera decir acerca del trabajo reflejado en estos escritos es que mis pacientes me han ayudado a convertir y personalizar mi pensamiento, afectividad y esfuerzo potenciales en una forma de vida que encuentro profundamente satisfactoria. Si hubiera seguido otra carrera, quizá mi vida habría sido más dramática y variada, pero no más completa. La relación con mis pacientes me ha enseñado la humildad y la necesidad del otro para ser y convertirse en uno mismo."

 

Bibliografía
Bion, Wilfred  Volviendo a pensar Buenos Aires Lumen-Hormé 1996
Fairbain, W. Ronald Estudio psicoanalítico de la  personalidad Buenos Aires Ediciones Hormé 1966
Khan, Masud   La intimidad del sí mismo.  Madrid Editorial Saltés  1980
Winnicott, Donald Realidad y juego  Barcelona Gedisa 1996

 

 

**Publicado en la revista Actualidad Psicológica  Noviembre 2014
http://www.actualidadpsi.com/muestra2.php?numero=435

 

 


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