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literatura en psicologia para mujeres

Los cuadernos de Malte Laurids Brigge
(Fragmento)

Rainer María Rilke (1875-1926)

Pero los días de cumpleaños, eran, de todos modos, los más ricos en experiencias casi inaprehensibles. Claro es, ya sabía uno que la vida se complacía en no hacer diferencias; sin embargo, para ese día se levantaba uno con la conciencia de un derecho a la alegría, que no podía ser puesto en duda. Es probable que el sentimiento de ese derecho se hubiera desarrollado muy temprano, en la época en que se abarca todo, y todo se recoge, y se elevan los objetos que, por caso, tiene uno en las manos con una fuerza de imaginación indesviable hasta la intensidad y el color fundamental de lo que se anhela.

Pero luego vienen de golpe esos singulares días de cumpleaños en que, en la segura  y plena conciencia de ese derecho consolidado, se ve cómo los otros se hacen inciertos. Quisiera uno que le vistieran como antes, y así todo lo demás. Pero apenas uno se despierta, siempre hay quien grite que todavía no llegó la torta; o bien, se oye romperse algo al tiempo que, en la habitación inmediata, preparan la mesa adornada de regalos; o bien alguien entra y deja abierta la puerta, y se ve todo antes de lo que hubiera querido verse. En tal instante se realiza en uno algo así como una operación. Una irrupción breve y terriblemente dolorosa. Pero la mano que la ejecuta es firme y diestra. Todo acaba pronto. Y apenas superada, ya no se piensa más en sí mismo; hay que salvar el cumpleaños, observar a los otros; prevenir sus faltas, robustecer su ilusión de que se desenvuelven perfectamente. No le facilitan a uno la tarea. Parece que son de una torpeza sin ejemplo, casi estúpidos. Encuentran siempre el camino para entrar con paquetes que están destinados a otras personas. Uno corre a su encuentro, y hay que fingir enseguida que se vuelve a la habitación por gusto de moverse y sin ninguna finalidad precisa. Quieren sorprenderle a uno, y con una curiosidad y una expectativa sólo superficialmente fingidas levantan la cubierta interior de cajas de juguetes que no contienen más que viruta; y entonces hay  que ayudarlos a superar su embarazo. O si no, cuando se trata de un juguete mecánico, ellos mismos saltan el resorte de su regalo al primer tirón. Es cosa buena, cuando uno está previamente ejercitado, poder empujar con el pie, sin que se note, un ratón o cosa análoga al que se le rompió la cuerda; de este modo se consigue engañarles y evitarles la vergüenza.

Por lo demás, esto lo hacía uno a voluntad, incluso sin poseer especiales dotes. Cuando se necesitaba talento era cuando alguien se había molestado y traía –desbordante de impaciencia y jovialidad– una alegría, y se veía ya desde lejos que esta alegría lo hubiera sido para otra persona distinta, que era una alegría por completo extraña; tan extraña, que ni siquiera se sabía a quién le hubiera podido convenir.

 

 

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