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ISSN 1853-2926

Vivir Disociadas
Publicado el lunes 18 de julio de 2011 a las 16:32

 

DISOCIADAS

 

La disociación es un mecanismo psíquico,  más o menos quiere decir estar en dos bandas, AM y FM.

Como cualquier mecanismo de su especie no es en sí mismo bueno ni malo. Existen disociaciones funcionales que permiten, valga la redundancia, funcionar cuando el mundo se está cayendo. Por ejemplo, para entrar a un quirófano, decía un profesor, se niega la muerte. Más o menos se sabe que todos vamos a morir, pero en una situación de riesgo actuamos, sentimos y pensamos como si no existiera tal posibilidad.

 

En el enamoramiento resulta habitual  el uso de dos procesos negar y hacer de cuenta  que pasa otra cosa con todos los sentidos.

Hay grados, por supuesto, una cuota de idealización es necesaria para estar con otro. Agregar o atribuir dotes de las que el elegido carece no hace mal a nadie. Bajarlo de un hondazo o que el sujeto caiga setenta escalones de culo, suelen acarrear consecuencias benignas para un encuentro real o maduro, como se dice por ahí. 

En este momento me estoy refiriendo a aspectos menos felices de la disociación, cuando su uso grita: “Houston, tenemos un problema”.

Si una persona niega lo que ve y alucina lo que no existe,  está desamparada.

No es infrecuente en ninguna edad, ni clase social. No hay nivel intelectual, ni habilidad manual que proteja del bicho insensato de caer en esta trampa. Por lo tanto, no hay de qué avergonzarse. Como decía don Quijote “el principio de la salud está en conocer la enfermedad, las cuales suelen sanar poco a poco y no de repente y por milagro”.

Muchas personas creen lo que escuchan y niegan lo que ven, creen más al ruido de las palabras que a los hechos tangibles, concretos reales. ¡Palabras sí, hechos no!

Con esta compleja finalidad interpretan, hacen una lectura, intentando explicar lo inexplicable; “me lo dijo porque blablabla” o  “hizo eso porque cuando era chico…”. Como madres con bebés chiquititos y llorones, se aprende a justificar todo: “tiene hipo; está con sueño; tiene un pedito atravesado”.

Algunas hasta se remontan a otras vidas para salvar el honor del innombrable, (como pasa a llamarse después del huracán).

Otra cara, igual de dañina: él se comporta como un compañero. Paga el alquiler, planea vacaciones o, simplemente, llama cuando dice que va a llamar, viene cuando dice que va a venir; acompaña al médico o se preocupa. Lleva al hermanito de la joven, o al hijo de otro de la separada, a sus clases de karate. Estimula los proyectos, no ataca demasiado. Está presente. Con gestos y actos, pero ella no está contenta porque no  dice que la ama, no le jura amor eterno, “no hablamos de nosotros”. No pone, en palabras, etiquetas al vínculo.

 

¿Qué lleva a defender con uñas y dientes tamañas disociaciones?

Complejos elementos en diferentes proporciones. El chamuyador en cuestión puede ser un eximio manipulador pero también puede ser un pichón que anida en ese agujero que engancha mal. O no lo cubre. El agujero no es el problema, –todos tenemos y varios– el quilombo se arma cuando se espera  que un otro rellene y se paga por ello, a veces literalmente, otras con tiempo perdido, con acumular intereses personales pendientes de los que la disociada no se puede ocupar porque está muy enredada en lo que no es.

En el caso de no aceptar los cuidados porque no hay palabras, puede haber, entre otras yerbas, temor o incapacidad para recibir. 

La salud  empieza cuando se  descubre la enfermedad, dice don Quijote “y en querer tomar el enfermo las medicinas que el médico le ordena”, agrega.

Diferenciar los dichos de los hechos, es un trabajo. Aunque ningún discurso sustituye la presencia, cuesta decir adiós al arrullo. Pero se gana en realidad y se disfrutan bienes impensables. Imaginemos una madre que le dice al bebé “Te amo. Te esperé siempre, no puedo vivir sin vos, sos lo más grande que le pasó a mi vida”, pero no le da la teta, ni lo baña, ni lo abriga...

Y, sí, las palabras enferman, creo que mucho más  las promesas y los decires.

Cuando Ulises, también llamado Odiseo, volvía a su casa (tardó veinte años el pobre y encontró de todo) pasó por una isla famosa por el canto de las sirenas, tan bello, que los hombres se tiraban al mar arrastrados por las voces y los barcos naufragaban. El héroe tuvo la brillante idea de hacer tapar los oídos de los marineros con cera, pero no quería privarse de ese coro tan mentado, así que pidió que lo aten al palo mayor del navío.

 A veces, es necesario atarse al palo y taparse los oídos. 

 

 

 





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