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ISSN 1853-2926

El Stress
Publicado el lunes 18 de julio de 2011 a las 16:33

 

EL ESTRESS

Un poco harta, escucho este invento post-moderno como diagnóstico  de casi todo. Cuco científico del que es  imposible escapar.

Percibimos el stress con la venda de una lectura romántica sobre las condiciones de existencia en sitios lejanos a los que nadie iría a vivir ni en pedo. Sin vacunas, antibióticos, agua potable, ahuyentador de insectos,  la vida “sana” tiene un promedio de 30 años, según lo indica la experiencia humana de un tiempo atrás. 

Pregunto con malicia inocente, ¿cuándo y dónde no hubo stress?

¿En las épocas primitivas, donde te venía un dinosaurio por un lado y un pterodáctilo por el otro? Anque una lluvia de meteoritos con radiaciones UV, muchacha. No se sabía bien cuando se volvería a comer o donde reposarían los huesos cansados de correr y cualquier refugio-cueva albergaba también animales peligrosos.

¿En la Edad media?  Cada vez que alguien partía para cruzar el bosque, tierra de nadie, era despedido como si se hubiera muerto, sin ninguna esperanza de reencuentro.

¿En las épicas temporadas de griegos y romanos? cuando las personas encumbradas eran botín de guerra, y las princesas que pasaban a ser esclavas del bando ganador terminaban limpiando el suelo como la cenicienta. Ni hablar de los que ya eran esclavos que pasaban al intestino de las fieras,

¿Con la preclara visión oriental?  Bancándose otras  tres, cuatro esposas y un número superior de concubinas ¿vivirían sin stress? O esas gentes inventaron las técnicas de relax por desesperación.

 

Generalmente, la medida de todas las cosas es la propia vida. Y el stress es un problema porque, simplemente, nos  toca en esta época. Y, si es un problema debe tener  solución.

Y además  lo dicen los médicos –que  cuando no saben algo inventan un indemostrable–. Antes decían “un virus”; hace poco: “a Ud. le bajaron las defensas”;  ahora el exponente de la ignorancia es el stress.  Convirtiendo a la comunidad psi en una especie de brujos matriculados. Si algo no se puede curar: “tome esta pastilla y vaya al psicólogo”. Un ansiolítico y una derivación.

¿Qué clase de milagro debe realizar el profesional para desaparecer una alergia que alguien lleva puesta desde chica, una úlcera que no sana o cualquier otra cosa con la que ya se intentó todo? Y en pocas entrevistas, por supuesto, nada de andar jodiendo con el pasado ni de modificar algunos hábitos del presente. Los pacientes (que dejan de serlo) requieren una pastilla y un re-sul-ta-do. Una seguidilla de errores que causa más  dolor.  El mandato  de “no te estresarás”  es, a todas luces, insano. 

Sori con esquiusmi,  paso a hablar. No, no voy a promocionar  tratamientos, ni  formas de trabajo que, por otra parte necesitan ser únicos para cada quien. Quiero decir otra cosa, este tema me hizo pensar en cuánto recorrimos y avanzamos en el conocimiento de la especie, gracias a las mujeres.

Freud descubrió el psicoanálisis –el inconsciente, la sexualidad y la mar en coche– a través de la vía regia del sufrimiento de nuestras congéneres, y la tremenda represión que sobre ellas ejercía la sociedad. Las pobres histéricas hacían carne, literalmente, la locura del siglo. Mujeres sanas y vitales aplanadas en una picadora de carne, culpables de su sexo.

¿Qué es lo que no se está escuchando ahora?

Cuántos tranquilizantes, calmantes, antiinflamatorios, pseudo laxantes y diuréticos porque sí, y otras oralidades; cigarrillos, alcohol, café, golosinas y botellitas de agua que no son agua;  cuántas  pueden parar a preguntarse qué sienten o son ayudadas a aceptar que lo que les sucede no es una enfermedad. Como el stress, que es un alerta natural que traemos en los genes para protegernos. El intento de curar algo sano hace más daño.

 

¿Acaso el cuerpo no sigue gritando en las contracturas, en los problemas circulatorios, en los dolores de cabeza,  hinchazones, o  temores hipocondríacos?

Y el remedio puede ser peor que la enfermedad, atender a alguien para que continúe en contradicción, en cortocircuito consigo misma pero funcionando es, por lo menos, cruel.

Me retracto de lo que dije, (soy mujer y no tengo por qué estar segura de nada) a veces no hay que reflotar el Titanic del pasado. En ocasiones, créanme, no hay nada que revisar. Hay que empezar a vivir.

Aceptar que cualquiera “se estresaría” en condiciones similares, que hay que aprender a delegar, a aceptar imperfecciones, a tolerar las  arrugas de la ropa y la cara  (más cómodo que agotadoras planchaciones). Que es rico equivocarse, tener miedo, bronca, sentir el olor propio y andar un rato en patas. 

Seres humanas, con  dolores y preguntas, seguimos abriendo camino en medio de  las modas y las normas.

 

 





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