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ISSN 1853-2926

La curiosidad
Publicado el lunes 18 de julio de 2011 a las 16:35

 

 

 LA CURIOSIDAD  

 

Es  curioso que la curiosidad sea femenina, pero como dijimos, corresponde a las mujeres eso de andar abriendo cajones y destapando  ollas.

La famosa Pandora abrió una caja –los especialistas dicen que un ánfora– y desparramó todos los males por el mundo.

Eva, por su parte, hizo lo mismo con la fruta prohibida. Probó, es decir, curioseó con la boca y le dio un poco a Adán. (Según un amigo etrusco, sabiduría viene de saborear… todavía no lo corroboré, pero me encanta.)

Creo que estas desobedientes pueden enseñarnos algunas cosas. O, por lo menos, hacer que nos las preguntemos.

 

El diccionario es bastante impiadoso con la palabra curiosear: “procurar sin necesidad y, a veces con impertinencia enterarse de alguna cosa”; “vicio que nos lleva a inquirir lo que no debiera importarnos”; “Una indiscreción”, pero también lo considera en último término “una investigación, un deseo de saber, de averiguar sobre alguna cosa.”

En todo caso compartamos las pequeñas corrupciones, el género humano, la humanidad toda tal vez sea fisgona y no tiene nada de malo señor diccionario, se hacen importantes descubrimientos por este método.

¿Es  femenina? Podemos creer que no si, por ejemplo, leemos el mito completo. Pandora fue un regalo de Zeus a un hermano de Prometeo, quien le advirtió que no reciba ningún paquete del Olimpo porque había cierto resentimiento por unas travesuras del pasado. Así que la curiosidad, fue primero de Epimeteo, (así se llamaba el hermano de Prometeo) que se termina casando con el obsequio. 

Un estudioso, dice que en realidad  es una versión femenina de un mito anterior no tan famoso de un tal  Demofonte que abre un cofrecillo y se vuelve loco, nunca sabremos su contenido. En su locura espolea al caballo con la espada,  caen juntos espada y jinete. Con tan mala suerte que el fierro queda parado y lo atraviesa. Los griegos no ahorraban en producción. 

Para el psicoanálisis, la curiosidad no es privativa de un sexo, es originada en la más tierna infancia por una duda constante (e intensa): la pregunta milenaria y permanente, ¿de dónde vienen los chicos? Freud la considera curiosidad sexual infantil. Una sexualidad en sentido amplio, no genital. Piensa los impulsos  sexuales como motor de la vida. En todo caso tal vez sea un componente femenino presente en hombres y mujeres.

En esta línea, cualquier curiosidad adquiere un tono non santo, ¿será por eso que al diccionario le parece mal? En todo caso, siguiendo la teoría, los niños y las niñas reprimen todo lo que quieren saber sobre el sexo, espiar a los padres en el cuarto o en  las duchas, los pitulines de  hermanitos y compañeros de juego, y disponen de esa energía curioseante  para aprender las cosas de la escuela.

Si se dice todo, se cuenta todo, se explica todo, los chicos no podrían estudiar.

Creo que lo que se reprime también son las certezas. Apresurar respuestas, prematuramente,  mata  la curiosidad. Lo que se desconoce conserva la sed de descubrir.

Cuando se satisface –o se cree que se satisface– nubla, no permite pensar ni crear. Cierra, obstruye, cancela toda posibilidad de algo nuevo.

 

Muchas personas viven creyendo que saben. Saben lo que les pasa y por qué. Conocen con detalle todos los supuestos vericuetos de su alma y las ajenas. Tienen una teoría para todo. Los llamo argumentos básicos existenciales, del tipo “yo soy…” “a mí siempre…” o “lo que te pasa es…”.

Pueden explicar lo que sea pero su vida continúa igual sin que puedan cambiar aquello que desean. Llenan de revelaciones y cegadoras claridades. Y, por lo tanto no sienten curiosidad, las incógnitas aparecen  como un peligro o un ataque.

Sienten terror de abrir la puerta, la escalera, el rincón oscuro de los secretos. Desconocen la frescura de un estado en el que no teníamos ningún empacho en andar todo el día haciendo preguntas o diciendo “¿y por qué?”.

No se trata precisamente de abrir la canasta y descular el contenido –hasta a la joven Pandora le quedó algo en el fondo– sino el movimiento hacia la tapa, la mano en el aire, la búsqueda juguetona del placer inquieto de las escondidas.

No sabiendo bien qué o dónde buscar o si se va a encontrar algo.

Como le dice  la reina a Alicia detrás del espejo, “al principio da vértigo, pero después te acostumbrás”.

 

 





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