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ISSN 1853-2926

Incertidumbres
Publicado el lunes 18 de julio de 2011 a las 16:36

INCERTIDUMBRES

Hace muchos años, explorando los estados y sentimientos femeninos arriesgué, y escribí en mi libro, una definición: “la mujer es dos puntos alguien que respeta y hace respetar sus sentimientos, tolera incertidumbres, no sacrifica nada y está. Ser y estar como en inglés.

(Ya sé que no es bueno que me cite a mí misma.) Decía en aquel entonces, casi intuitivamente estas palabras, todavía no podía comprender lo valioso de ese hecho que se me presentaba cotidianamente con otras mujeres. “Toda arrogancia conlleva su tamaño de estupidez”.

Pero confirmo, hoy, aquí sentada, que es tan contradictorio con lo verdaderamente femenino definir y clasificar que creo que por eso, en parte, los hombres tuvieron que definir y clasificar todo lo que nos pasa.

Pero esta falta o ausencia de capacidad de armar un cajón con etiqueta para cada cosa es lo propio, genuino de lo femenino. Re-confirmo lo dicho en otros boletines.

En algún punto es una ventaja, porque en la vida nada cierra. Nada entra justito en ninguna tesis. Es una forma de conocer privilegiada y mil veces más rica que la de las Leyes Universales plagadas de excepciones.

En las generalizaciones científicas o religiosas todo lo que no entra se guarda como desviación, con lo cual las anormales del mundo conformamos legiones.

Pareciera que hay que saber todo, y decir, simplemente, “no sé” cuando no sabemos es  un placer desconocido y sublime.

Ignorancia es no saber, pero sobre todo es ignorante el que ni siquiera sabe que no sabe. El sabio sabe cuánto ignora. Tolera el ayuno de certidumbres. 

Nosotras no sabemos, ¡¡¡no sabemos!!! No sabemos nunca qué hacer con un bebé, pero lo hacemos todo, con coraje. No sabemos jamás qué sentimos, qué duele  con la menstruación además del dolor. No existen –lamento decirle a los y las informadas– clasificaciones de orgasmos, como pretenden los clasificadores. Información de tan poco vuelo que no tiene nada que envidiar a un moscardón medio borracho.

Cuando nos animamos, aceptamos el no saber con naturalidad, con donaire, con gracia. No atribuimos motivos a las conductas de los otros, los novios, los hijos, como a las mascotas “está celoso”, “quiere llamar la atención”, “tiene sueño.”

 

Volviendo a los saberes  y los discursos, cuentan que Zeus, el capo del Olimpo, se agarró un metejón con Metis, la diosa de la sabiduría. (Siempre andaba detrás de alguien, hombres, mujeres y todo bicho que vuele o se arrastre.)

El capo persiguió a Metis, que se transformó de formas diversas para escapar, y así estuvo huyendo  hasta que él la atrapó y la hizo concebir.

Un oráculo dijo que tendría primero una niña y que luego daría a luz un varón que destronaría a su padre. Por las dudas, Zeus, reciente dios –que  había derrocado a su progenitor y lo mismo había hecho éste con su abuelo– la invitó amablemente a reposar a su lado, abrió su boca enorme y se  tragó a la embarazada, no sea cosa.

A su debido tiempo el olímpico tuvo terribles dolores de cabeza. Otro dios se imaginó la causa y convenció a Hefesto, el herrero,  para que le abriera una grieta con su hacha en el cráneo de la cual nació Atenea. Seguramente pensó: “Más vale parir por la cabeza que no parir”. Y,  “Para qué soy el rey de los dioses, caramba”.

 Zeus decía que la diosa de la sabiduría le seguía aconsejando desde adentro “avisándole  de lo bueno y de lo malo”.

Según algunos mitólogos se suprimió el culto a la diosa y se atribuyó toda la sabiduría a Zeus. Dogmatizando la sapiencia y el conocimiento como prerrogativas masculinas. 

Algo de esto se relaciona con mi querida ciencia, el psicoanálisis. Freud, el olímpico de la incertidumbre, define a su descubrimiento como “un método de investigación de lo desconocido” antes que un dispositivo terapéutico y que un sistema teórico.

La “asociación libre”, técnica estimadísima para el trabajo analítico, consiste en que el paciente diga todo lo que le viene a la conciencia aunque no tenga nada que ver con lo que se está hablando. Por supuesto, se frunce todo. Ninguno de los dos sabe qué cuernos va a aparecer. Quien se anima a ser “paciente” y un analista que no sea demasiado aparato, toleran no saber. Están dispuestos a no enredarse en razonamientos tan maravillosos como improductivos.

El analista se aguanta todo lo que le parece que “cierra” reniega de una interpretación brillante que demuestre su inteligencia y el paciente soporta decir boludeces. Este pacto de incertidumbres abre territorios ignorados, ni mejores ni peores: nuevos.

Con este approach terminó –por ahora– la zaga de las destapaollas.

 





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