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ISSN 1853-2926

Las Lolas
Publicado el lunes 18 de julio de 2011 a las 16:37

Las lolas

Mmm, ¿cómo hago para no atragantarme con lo que quiero decir? Quizás haga como Rambo.  Lolas I; Lolas II; Lolas III…

Cada cultura tiene sus modas y los rasgos físicos de lo deseable. De lo que se desea y de aquello  que hace que alguien sea apetecible para otros u otras. Tratándose de nosotras nunca se sabe. A veces, preocupa más la opinión de la barra brava femenina que la del chongo. ¿O acaso él va a fijarse en una imperceptible línea blanca en la uña? Y si anda controlando dobladillos y cutículas lejos de valorar la hermosura es un denso.

En otras culturas el ideal de belleza empuja a  estirar los labios, el cuello, las orejas. Achicar el tamaño de los pies o aplanar el cráneo. En la nuestra se luce, o se debe lucir, un par de buenas tetas.

Disfrazada de socióloga (o analista económica) puedo tirar algunos datos. El negocio de la cosmética es el que más creció en el mundo en los últimos años, el de las cirugías estéticas ni hablar. Podríamos decir que las mujeres ahora manejamos dinero, cosa que antes no sucedía, lo cual nos convierte en un mercado que los productores de consumo quieren cautivar. Y lo están logrando 

Con respecto a la cirugía de mamas, me pregunto: ¿Por qué intervenir quirúrgicamente un cuerpo sano? Tenerlas grandes, un poco más grandes o muy grandes, ¿garantiza algo? ¿Qué pasa con los problemas psicológicos? Ah!, ¿hay problemas psíquicos? Sí, Houston.

Las tetas psicológicas caben en el corpiño de las fantasías inconscientes.

Con  el destape hormonal de la pubertad se plantean diferentes inquietudes. La honorabilidad de la madre, salvar el mundo y las ballenas, construir una identidad. Son universales y los intentos no tienen nada de único. Todos gustan de la misma música, visten igual, prefieren cierto tipo de comida o tatuajes y aros. Cualquier tentativa es un buen esbozo de diferenciación, en principio con el mundo de los adultos.

Desde hace varios siglos las mujercitas en ciernes se dedican a hacerse apetitosas para casarse, ser madres y todo eso con el auxilio de corsés, corpiños con aro, miriñaques, tangas, depilaciones, lunares, etc. Aunque no tiene nada que ver con la especie. En la naturaleza los atractivos corresponden a  los machos, el pavo real, el león, el cóndor, los pájaros de la plaza, los gallos del gallinero, son genéticamente adornados con gracias llamativas de las que las hembras carecen. La Grecia Antigua respetaba esta animalidad y eran los hombres, exclusivamente, quienes iban al gimnasio, se perfumaban y se ponían bonitos.

Una de las fantasías puberales  es tenerlas más grandes, así como ellos desean un gran tamaño de otra cosa.  Los centímetros prometen ganar confianza en el propio sexo. Lamentablemente, esa clase de confianza nunca se consigue. O, mejor dicho, no se consigue con el volumen de un órgano.

No voy a ocuparme en esta entrega del problema de la realización de una fantasía inconsciente.  Sólo diré que es una fuente de angustia para la cual nadie, está preparada.

Sorprende que haya equipos para acompañar otro tipo de cirugías. Claro, se da por supuesto que la persona obtiene lo que desea y eso la hará feliz. Como comprarse un par de zapatos.

Otra causa de angustia es la desilusión. Algunas personas no consiguen todo lo que buscaban. Es altamente improbable que en un rato, la operada salga del quirófano,  siendo capaz de amarse, de tolerar ser amada. Adquiera capacidad de entrega o de construir confianza.

Entre estos despelotes puede sentirse  triste sin saber por qué y, además, no puede quejarse. ¿Cómo no va a estar contenta? Si era lo que más quería, si por fin consiguió lo que le costó tanto, en plata, en decisión y en correr los miedos de la operación. Solitaria, se tiene que ir “curando”. Como cuando alguien desea un bebé, una casa nueva o un auto e incomprensiblemente ataca el “lobo feroz” de la angustia.

Como profetiza el lenguaje popular, caperucita, el tamaño no garantiza nada. Nadie se curó la histeria con siliconas. Ni aprendió a relacionarse con el cuerpo –o con los afectos– bisturí mediante.

Precisamente la intervención se basa en la no aceptación del cuerpo que tocó en suerte, que vendría a ser una misma. Adoptarse con tetas chicas, un poco neura, indecisa, con mal carácter, ansiosa, llorona y todos los “defectos” que  hacen única, no es fácil de lograr. No viene en el paquete de las jeringas descartables. Se vuelve a la vida con las lolas puestas y los desasosiegos de la mochila personal. La prótesis evita, por un tiempo, el trabajo de aprender a reconocerse y valorarse por lo que se es, no por lo que no se tiene o lo que no  gusta y se quisiera extirpar de la mismidad.

 

Contrariamente a lo que pudieron creer no estoy en desacuerdo con la cirugía embellecedora. Confío plenamente en la técnica que es milenaria, los egipcios hacían complejas intervenciones de cráneo, con los mismos fines. Además, creo que la expresión estética de una cultura brinda identidad, pertenencia.

Muchas personas se vieron beneficiadas con este auge,  gente que otrora no hubiera tenido la menor posibilidad de resolverlo. Anomalías congénitas, deformidades, falta de armonía. Una muy diferente de la otra en proporciones notorias, asimetría de los pezones, accidentes o enfermedades que tornaban la vida imposible para la damnificada. O un tamaño (grande o chico) incómodo para la vida y un encuentro verdadero con otro.  

Una buena pregunta antes de operarse es ¿para qué? Admite múltiples respuestas. Muy a lo bestia, encontramos dos. ¿Para Eros o para Tánatos? Dioses griegos, pero también principios de nuestro funcionamiento psíquico. La Vida y la Muerte.

Eros, más taquillero, es el dios del amor. Si la cirugía  está al servicio del amor, hacerse querida para sí y para otros, abrirse al chorro de la fuente, bañarse en vínculos gratos con el otro. Tiene mi bendición.

En otras ocasiones está al servicio del odio, la destrucción, la muerte. Una orgía de velada guerra. Un tremendo ataque al propio cuerpo. En esos casos se prescinde del otro, alguien real que puede acompañar. El otro no importa y una tampoco. 

(Para las que jamás se operarían, el mercado puso sobre la mesa la necesidad de justificarse. Otro tema.)

 





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