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ISSN 1853-2926

4 cosas para el buen vivir
Publicado el martes 21 de junio de 2011 a las 00:28

Las cuatro cosas
 
En doce años de educación formal las escuelas de todos los tiempos, colegios del mundo y otros altares (talleres de arte, karate, inglés, computación, canto y etc.) en que se depositan los jóvenes educandos todos los días, se escamotean cuatro aprendizajes básicos para el pleno desarrollo de hombres y mujeres:
El cuerpo.
La alimentación.
Cómo relacionarse con los demás.
Cómo ganar dinero o autoabastecerse en la vida adulta.
 
Aunque es tentador explayarme no voy a hablar de la educación, sistema que nos fue tragando en pocos siglos, ahora inmanejable en cualquier y todas partes. Nunca fue su objetivo preparar para la vida real. Como dice de su ex, alguien que conozco y no quiero deschavar, “no sabe si cagar o peinarse”. ¿Quedamos igual después de tantos años de aulas?
Lejos del análisis de las fallas de los ámbitos académicos, mis “descubrimientos” se deben a los tormentos de personas ya “formadas”. Tampoco tienen nada que ver con el psicoanalítico Edipo.
 
Aprendemos a los tumbos a relacionarnos con el cuerpo, la comida, los otros y el dinero. Por ensayo y error,  más de este último que del primero. Arrancando, en solitario, secretos a lo que nos pasa, lo que pescamos en el hogar, en la tele, en Internet y los libros de autoauxilio. Pero, ni exprimiéndolos como a un limón ayudan a superar las contradicciones –paradojas, choques, descarrilamientos, escarmientos– entre lo que queremos y lo que “se debe”.
 
En general, no somos educados en el manejo esos cuatro ejes (no sé como nombrarlos) de la vida. En general, repito con tono de maestra ciruela, los problemas parecen tener la misma potencia quilombificadora para ambos sexos.
 
Empecemos por el cuerpo que, como dice un amigo, está antes y después de pensar, y durante. Casualmente, nadie nos enseña nada sobre él, quizás  porque mamá, papá y otras “autoridades” desconocen holgadamente  su funcionamiento. Y, como dice Nietzsche ningún ciego puede guiar a otro.
Pero al cuerpo le importa un pito: es el único juez incorruptible de la Historia de la Humanidad. No acepta sobornos, impiadoso como uno de la inquisición, grita: “¡Ignorancia no quita pecado!”. Sin que se le mueva un pelo prende el fósforo de la hoguera (duele o se enferma) frente a los “inocentes” desmanes a los que es esclavizado. La terca ignorancia, lo siento, no se enmienda con un clic en “enfermedad equis” Google mediante.
 
Rascando un poquito, quien más quien menos tiene algo turbio con la comida. Una encuesta poco ambiciosa  revelaría que la multitud  cree que debería comer mejor ya sea adhiriendo fervientemente a algún tipo de dieta o simplemente pensando en sacar o agregar algo a su consumo diario.
Loco reglamento tácito e inalcanzable, ya que es imposible definir mejor. Se expresa como una deuda permanente, un “deber ser”. Esta diferencia entre lo que cada quien se mete adentro y “el ideal” da por resultado un balance  ingrato, incómodo, inconmensurable y todos los in que se nos puedan ocurrir.
 
Paradójicamente el gran aprendizaje de la vida, para los vínculos es la soledad. Pero nadie nos enseña a “estar sol#” (preescolar de las relaciones) ni  el master  “estar sol# con otr#”.
En medio del yeso entre no meter la pata y la espontaneidad, aparecen todo tipo de inconvenientes de los que no se habla. Por ejemplo, que la timidez es normal,como ruborizarse o sentir ganas de llorar en una discusión trivial con desconocidos. Tampoco se valoran los “defectos” propios y ajenos como una fuente de riqueza y vitalidad. Los personales son una marca “made in yo” que requieren cierto esfuerzo pero no para asfixiarlos o extirparlos sino para integrarlos de forma creativa en la vida propia. Los ajenos, casi siempre, sonese espejito fiero en el que nadie se quiere ver.
 
Con el dinero, es terrible que jamás nos enseñen cómo administrarlo. Que no se instruya cómo y de qué se va a vivir. Producir en lugar (o además) de consumir. Objetivar esa relación casi prohibida, ponerle precio a lo que se hace. Soportar la buena puntería. No, no me equivoqué. Observo, frecuentemente que es mucho más fácil digerir  los huracanes que las hamacas paraguayas.
 
Hasta acá todos iguales ante Dios y la Justicia. Peeero, muchacha, no nos engañemos,  desde el materno jardín nos preparan (mal enseñan) a sobrellevar una mujeril carga extra.
Zambulléndonos en las oscurecidas aguas de nuestro molino, cada una de estas generalidades tiene un plus y en gran medida se relaciona con la educación cooptada (como veis, actualizo mi diccionario minuto a minuto) por la diferencia sexual anatómica.
En esta oportunidad daré sólo algunos títulos, prometo (qué palabra horrible) desarrollarlos en siguientes boletines.
 
En el cuerpo de la mujer no “se ve” el órgano sexual reproductivo. Y por siglos la idea era que se mantuviera oculto para sí misma y los otros el mayor tiempo posible.
No se prevé que la alimentación y el cuidado del cuerpo de la mujer podrían ser especiales en diferentes momentos del mes o etapas de la vida.
El peso  de la gravidez en la especie no se manifiesta sólo en el organismo. En los afectos, la maternidad biológica  instala (tengamos o no hijos) quedebemos vincularnos “naturalmente” desde un lugar de aceptación incondicional, dependencia y  sometimiento.
La asexuación premeditada (ocultar lo que no se ve) embarra la relación con el dinero. Los primeros oficios remunerados que se les permiten a las mujeres la teacher  “la señorita” o “segunda mamá” (que tampoco coge), o la enfermera que en los comienzos además era monja de verdad, muestran que el laburo pone el género (o la tela) en la maternidad angelical y, al mismo tiempo, engorda la idea de que la profesión es un sacerdocio del que no se puededebe recibir dinero ¡qué asco! cobrar por ser buena. (Aunque  a los sacerdotes de todas las culturas bien que los sigue bancando el pueblo.)
 
Los intentos de salida para este estado de cosas no siempre fueron felices. Obligadas a competir (alguien decía “Yo no con-pito”) disfrazadas de hombres o aspirando a serlo, ocupando lugares de caricatura para la seducción o maternizando las relaciones como la leche de los laboratorios, se pierden aspectos que no conocemos,  todavía no pensados. Y es muuuucho trabajo desprender todísimo lo que aprendimos y sin mapa (en bolas y sin documentos, como dice el chiste), simplemente, escucharnos.
Y aportar lo nuestro en… dos o tres siglos con un cálculo optimista.
Con respecto a un futuro más inmediato, esta historia continúa en los siguientes boletines.
 
 




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