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ISSN 1853-2926

Padres que envejecen
Publicado el martes 5 de octubre de 2010 a las 11:17

 

¡Socorro! Mis padres están envejeciendo.

 

Una vez le dije a un amigo que cuidaba de un cuasi-padre:

Roberto es como un niño.” Y él me contestó:

Sí, pero ¿sabés el popó que hace? 

El promedio de vida nos agregó una tarea y no estamos preparados.

No es fácil aceptar la ancianidad del padre o la madre. Llega un día, inexorablemente, en el que esta verdad es irremediable.

 

Se avecinan días malos y peores. ¿Cómo vivir y atender las necesidades del deterioro durante diez, veinte o más años?

No conozco equivalentes, sólo diferencias: criar un hijo, cuidar un enfermo, son estados momentáneos, recae todo el peso sobre el “atendedor”, pero el  hijo crece y el enfermo se cura. Quizás lo más parecido sean los cuidados que se brindan a familiares con discapacidades graves.

Se trata de acompañar a alguien hacia una cuesta abajo. 

Hay quienes se emperran en que los viejos entiendan, se comporten, caminen, vean, escuchen, como antes. http://www.youtube.com/watch?v=7bz7caMDVhI 

Otra creencia, igual de peligrosa, es la de que nunca es suficiente lo que se provee, una deuda permanente, para adosarles  una cuota de juventud.

 

Leo en un correo: “Mi suegro tiene Alzheimer, desde los 85 años, tiene 98 y nos está arruinando, física, espiritual y económicamente hace más de 10 años.”

Es casi imposible de sobrellevar por quienes acompañan. Un equipo que respeto y recomiendo cuidarcuidandonos@gmail.com  dice en su folleto: “Quien la sufre va dejando de ser quien era”  

Sacuden los empujones de las emergencias, una ola tras otra, como en Playa Unión, no se puede pensar con claridad.

Se escurre, día tras día, lo que se creía propio  para siempre, sin encontrar qué ofrece esta nueva situación, qué tiene en sí misma no sólo como pérdida.

Comúnmente se evalúan las no-pérdidas (conservar funciones) como el tesoro de la vejez.

La respuesta es variable en cada  historia y  depende de los recursos afectivos y económicos.

Institución sí /institución no. Trámites de apoderada. Internaciones. Ventanas llenas de burocracias,  aletean como buitres buscando los ojos. Si vive solo/a; si viven lejos o en una casa muy grande.  Ver http://tinyurl.com/casapadres   

Para peor la declinación de los progenitores ocurre junto a otros cambios  importantes: La partida de los hijos;  arrugas, flaccidez y alteraciones menopáusicas; modificaciones laborales. Pesa, el “aterrizaje” de un anciano.

 

Es casi imposible elaborar otros sentimientos y conductas que no sean respuestas estereotipadas, usuales ante la enfermedad y que no sirven porque, justamente, el envejecimiento no es una enfermedad. 

Los viejitos tampoco aceptan del todo su ancianidad. No se conducen dóciles, como se espera de gente grande, caramba.

Nos hacen saltar con la regresión normal, esto quiere decir que se les “rompió el cuerito”. Las vallas que levantamos en nuestra educación (y que nos olvidamos que  aprendimos) se aflojan. Hablan de sus hábitos intestinales, se tornan irritables e impacientes. Cero tolerancia a la frustración, fantasías de robo, acusaciones y caprichos “adornan” el paisaje.

 

Las reacciones, también normales son reproches y rechazos; rencores y  arrepentimientos. La culpa cotiza alto.

La tensión madre-hija se pone al rojo vivo. Midiendo con lupa las diferencias del pasado, mejor hacer borrón y cuenta nueva. No es hora de pensar que “sirvió la leche fría” cuando era chica.

Si a todos esos nudos  (la vejez, las catástrofes y los sentimientos) le sumamos las opiniones, –cientos de consejos empedrados de buenas intenciones, como el camino del infierno, sobre “qué es lo mejor”, los donadores de brújulas desconocen olímpicamente situación, ingresos y hasta ubicación geográfica– da para gritar ¡socorro! 

¿Qué hacer?

Aprendí  en las consultas, que la apuesta es la misma que en otras vicisitudes: armar una vida con lo que está tocando vivir.

Delegar. ¿Con qué ganas podés disfrutar una charla con tu madre, si tuviste que bañarla, darle de comer y demás?

Poner el cuerpo. caricias, abrazos, masajes. Son más elocuentes.

Aprovechar lo que hay. Les gusta hablar del remoto pasado,  peripecias de la infancia,  su primer novio. Juro que es más apasionante que ver una novela. Incluso las ocurrencias actuales: Un anciano, que había sido toda la vida un caballero serio y reservado espantaba a su familia gritando en la institución: ¡Esto es un prostíbulo! ¡Ustedes están aquí para darme placer!  ¡Quiero hablar con la madame! (la directora). Se quejaba de que las chicas no cumplían con “su trabajo”.

Arrimar un gusto, un interés. Personas de más de ochenta aprenden a tejer, escriben cartas a familiares lejanos o manejan Internet como sus nietos.

Participarles de la vida, algunos reprimen su cotidianeidad “para no preocupar” pero es una forma de aislarlos. Los ancianos no se toman tan a la tremenda las cosas y dan buenos consejos.

Suministrar otras fuentes externas de gratificación (o complicación) que no sea solamente una hija. Visitas  alejadas de las “internas” familiares. Iglesias y otras instituciones cuentan con personas que pasan a saludar un rato, escuchan con paciencia o llevan alguna actividad.

Regar la propia vida, inconscientemente, a todos los padres nos proporciona un alivio enorme ver que  la descendencia se independiza. En todas las edades el crecimiento es una mezcla de orgullo y “abandono”.

Conservar dignidad. El respeto a la intimidad protege  lo sagrado de cada quien sin exponerlos ni exponernos.

Seguir participando si se pudo sobrellevar  la “mujeritud” en la adolescencia, después de ser mamá, en la profesión o estando con otro. Esta etapa es nada más que un nuevo desafío.

Prepararnos para cuando nos toque, si todo va bien, dice un psicoanalista inglés, es de esperar que haya problemas. Si vivimos muchos años,  debemos empezar a construirnos ahora una vejez rica. Pero eso, es tema de otro boletín.

 





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