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ISSN 1853-2926

Cómo manejar el dinero
Publicado el martes 16 de agosto de 2011 a las 00:00

Cómo manejarse con el dinero
 
Decíamos, tiempo atrás que es lamentable que en años de educación formal no se nos enseñe cómo administrar los $$$, o de qué vamos vivir.
La carta de una lectora enfila para nuestro molino, si bien chicas y chicos carecen de ese aprendizaje por igual y cada quien se va arreglando como puede, con nosotras el tema es bastante complejo y muuuy amplio.
Intervienen factores culturales y escalones morales tan altos a los que no voy a trepar por temor a apunarme,  por lo menos en este boletín.
También influye, y mucho, la relación de nuestros progenitores con el dinero, son los que ponen la cara y el cuerpo para que actúen los designios sociales, “las niñas deben ser maestras y el magisterio es un sacerdocio”, ejemplo un poco anticuado, ya lo sé, pero que dejó su marca tatuada en muchas mentes actuales.
 
Llevar adelante una casa con o sin hijos es otro trabajo sacerdotal no rentado y  muchas veces es un campo minado para la realización personal. De todas formas el pago de “ama de casa” no es algo tan apetecible, frente a tan monumental tarea, muchas diríamos “ni que me paguen”.
 
Con respecto a las matemáticas y las mujeres, existen estudios muy serios sobre como se favorecía el aprendizaje de ciencias “duras” en los educandos mientras a las chicas se les exigía poco y perdonaba mucho si no sabían hacer bien las cuentas. Desde que aparecieron las escuelas estábamos sonadas, sin saberlo. Más vale burrita y maridable.
 
Dejando de lado reclamos y condiciones históricas individuales y globales, tenemos otros problemas. En el presente, (la única estación que cuenta) enfrentamos demasiados frentes y muchos clichés.
 
No me cansaré de decir que desde que comenzamos a ganar dinero en serio y no dádivas por hacer de segunda madre somos un acosado mercado. Invertimos muchísimo dinero en infinitas cosas que no necesitamos.
Siguiendo con la carta de la lectora, una tarea maternal sería cómo enseñarles a nuestras niñitas a no comprar globos de colores que empujan siempre a la convicción de que la plata no alcanza o a la incapacidad de disfrutar lo que hay.
A los vástagos se les enseña con lo que se hace, no con lo que se dice y ellos ven todo el tiempo. El niño observa que la madre trabaja afuera y en casa, aunque delegue es la responsable de la ausencia de papel higiénico y el agua del perro y exigirá lo mismo de su mujer cuando la tenga. Las chicas junan que es la vieja quien lleva el yugo de la casa por más que le grite “nena, vos tenés que ser independiente”.
 
El manojo de buenas intenciones futuristas y todo el aconsejamiento se esfuman con las corridas locas de todos los días y sirviendo la porción de afecto en objetos o golosinas que tienen su precio en moneda local.
Esto me lleva a un costado “psi”. Según san Freud, el dinero es equivalente de otros contenidos psíquicos: regalo, niño, pene, etc. Psicoanalistas posteriores agregaron auto, así que podemos continuar panchas con otros avances, celular, mascota, pantalla plana, etc.
El contenido circula, muta como la gripe A y se nutre de necesidades subterráneas. Y, otra perla,  son intercambiables. Pido un minuto de silencio para reflexionar sobre las tremendas consecuencias de lo anterior.
 
La ciencia de las profundidades anímicas explica, impertérrita, por qué recibir un regalo llena de alegría (bebé, por ejemplo); la tamaña decepción de que él no tenga ni un ciclomotor (pito, por ejemplo). O por qué, sin darnos cuenta, convertimos a los pendex en seres insatisfechos, ansiosos, sobornables y sin alma. La mala onda del “quiero y quiero” cuando no se puede recibir ni disfrutar. Jugar con los contenidos produce temor y temblor…
 
La hipótesis psicoanalítica destripa sin miramientos un falso cliché: el famoso “materialismo”. En el barrio “fulana es materialista” quiere decir más o menos que no tiene sentimientos, cuando en realidad es una buscadora de cariño, de sostén, y como dice un amigo el amor es siempre material.
Criaturas humanas, además de afecto flotante, necesitamos cosas que lo hagan real, un bebé necesita tetas, baños, frazaditas; un enfermo una cama y un té o una sopa; una mina un certificado de convivencia. No hay posibilidades de lazos ni de cuidados sin objetos contantes y sonantes.
 
Esquivando condenas sociales y familiares emergemos a un mundo en el que es imprescindible no equivocarse en las cuentas y a la vez, según la publicidad “hay que disfrutar de todo, todo el tiempo”.
Es trabajoso para nosotras (sacerdotisas que por poco debemos ser como el mano santa que “no toca dinero”) objetivar la relación cuasi prohibida con el mango sin temor, culpa o vergüenza. Si ganamos la batalla y nos quedamos huérfanas de mandatos y exigencias, se abre otra pelotera aprender a poner precio al trabajo y, posteriormente, a controlar auto-saqueos.
 
Si todo va bien y se pudo mal que mal construir el propio rompecabezas arrancando al paso los yuyos malos, culpetas y deseos de ser buena, se vive, como dije antes, con la sensación de que la guita no alcanza.
 
Un responsable que podemos pesquisar es otro mito urbano sin fundamento, el famoso “me lo merezco”. No sabemos quién lo inventó, pero se anda a cuestas con este gusanito taladrando la cabeza, las huestes de meritotrices  marchan a hacer bolsa la tarjeta de crédito. Plástico, aparentemente inocuo, causante implacable de preocupaciones y malestares.
Concientemente, una no se merece sufrir por que se acaben de una puta vez las dieciocho mil fucking cuotas del último antojo que ya no se usa. Una no se merece vivir desasosegada por caprichos que racionalmente no se pueden sostener y que, elemental Watson, no condujeron a la alfombra roja de la felicidad. 
 
El merecimiento es un bálsamo de heridas incalculables (que no se pueden calcular) y, por lo que se ve, incurables (que no sana, sana, colita de rana).
 
Un agujero que el señor Shopping promete rellenar con sus “ofertas” y sus días “only woman”. Lo único que crece es la boca de ballena de los bancos, los intereses de las tarjetas, los límites de crédito y la panzada de los tiburones que venden espejitos de colores. Siempre se puede pagar, con los eructos de la fauna, al contado o en cuotas los masajes, las clases de yoga, el Feng shui, los sahumerios, el spa y la mar en coche para aflojar un poco las tensiones o las enfermedades que descubren los laboratorios con sus consecuentes pastillas para descansar tranqui, descontadas con generosidad de cualquier presupuesto.
 
Sin querer, me trepé nomás a elevados laberintos. Resumiendo, creo que tenemos poca experiencia en manejar fondos. Un refrán africano dice que si el dinero viene de repente, la experiencia tarda años en llegar.
En cada quien supone un esfuerzo inacabable curiosear qué se necesita, cómo, cuándo, para qué. Pero cada intento resulta más fácil. La experiencia se construye haciendo. Equivocándose, regalando ropa que nunca se usó, sacando del changuito algún sorprendente producto. Disfrutando lo que hay.
 
 
 
 
 




Comentarios de este boletín: (click acá para comentar)


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P. dijo: el domingo 22 de abril de 2012 a las 23:30
Autoabastecerse en la vida. Acceder a un trabajo; no maternalizarse ni hacerse macho y encima que se cumpla aquello de "a igual trabajo, igual remuneración". Está bien, nunca me gustaron las matemáticas, pero alguien debería decirle a una niñita: "Nena, ponete las pilas, que aunque no te gusten te va a salvar en más de una ocasión. Tu libertad depende de ello". Después, "vendérsela" a la niñita, incluso para ocuparle la cabecita en menos casamientos reales, mágicos y más en reforzarle conceptos de independencia y libertad. Valorar para el género ámbitos en los que el sujeto (la sujeta) se autoexcluya es un gran desafío. Solamente tengo varones a los que les refuerzo cada día la necesidad de que sean autónomos y ganen guita y hagan que los demás valoren su esfuerzo y trabajo. ¿Cómo sería mi comportamiento de tener una nenita? No lo sé. No sé si sería capaz de trascender milenios de exclusión con ella.

Le dijo: el domingo 22 de abril de 2012 a las 23:19
Con respecto al famoso "me lo merezco" Nunca pude entender esa dinámica de círculo vicioso autodestructivo: Como me rompo el culo trabajando, me merezco gastarme TODO el sueldo en ropazapatocarteraquenotengotiempodeusar, para vivir endeudada y ahorcada el resto del mes puteando por que no llego, para volver a gastar el sueldo en las deudas pasadas y contraer nuevas... Al grito de: Ya que laburo como una negra me compro lo que quiero! Como si el hecho de ganar dinero nos determinara el gastarlo.
Lau dijo: el domingo 22 de abril de 2012 a las 18:30
Dear Silvi: Al mango, por el mango... las mujeres no tenemos ese manguito, no? La que lo tiene y lo exhibe es desagradable -fálica- o bien tiene que arreglárselas para que no se note que lo tiene y le gusta tenerlo. Beso, ídola.
Mer dijo: el domingo 22 de abril de 2012 a las 18:21
Más o menos relacionado: en los comerciales de TV, los hombres, además de no tener problema de cagar, no usan mr. Biceps para limpiar la cocina, no lavan ropa, no sacan manchas etc. ¿Qué hacen? Nos mantienen? YA NO, así que propongo avisos dirigidos a hombres que los muestren limpiando la casa, tomando Alivia y sintiéndose deshinchados.
Mir dijo: el domingo 22 de abril de 2012 a las 18:14
Wow..!! Qué boletín suculento. Si fuera tu paciente me llevaría 4 semanas o más trabajar sobre cada párrafo.
Respecto al rol de ama de casa, yo estoy entre las que diría: "ni aunque me paguen".
En mi caso no recibí mensajes respecto a que por ser mujer no debía ganar dinero. Por el contrario: mis padres fantaseaban que por ser profesional fácilmente sería rica. Tal vez se desilusionaron cuando vieron que no era tan mágico. M´hijo el dotor da chapa para los hijos de inmigrantes pero no tienen garantía ni siquiera de que les podamos pagar un buen geriátrico. (No en vano por las dudas se afilian a Pami).
Por último, me encantó el "me lo merezco". Es lo que me digo cuando me compro algo y siento algo de culpita por hacerlo. Un beso

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