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ISSN 1853-2926

El Silencio
Publicado el lunes 12 de septiembre de 2011 a las 23:13

EL SILENCIO
 
Qué loco ¿no? hablar del silencio. Tiene tantas jurisdicciones que primero despejo el campo. Vivimos en un cerco de alusiones al tema:
El que calla otorga. Especie de confesión autoincriminatoria o permiso robado.
Soy amo de mi silencio y esclavo de mis palabras. Arrogancia del fóbico.
No te hablo más. Moriste, cagaste usté, como dicen en Corrientes.
En boca cerrada no entran moscas. Quién no se tragó unas cuantas, es por que la cerró y no lo dice.
Y otro tan nefasto que ni voy a nombrarlo. Sin comentarios.
Los grecios, cuando alguien se iba de boca decían “pero, qué palabras escapan de entre tus dientes”.
Una críptica e indecorosa frase: “tenemos que hablar” ¿acaso cuando alguien ladice no está hablando? ¿Hay expresión más inquietante, que erice más lo pelos y que nos ponga más a la defensiva? Ya sea emitida por el jefe, novio, hija, empleado o etc. 
 
En nuestra cotidianeidad tenemos el silencio enculado; el de los que te meten en el freezer y no responden mensajes; el de quien se cuelga, consecuencia de una sordera emocional con diferentes grados de profundidad, no escucha porque nunca se enteró.
 
El personal “no sé qué decir”, efectivamente, señorita, señora ¡se abrió el cofre de la felicidad! Nada mejor que callar cuando no se sabe qué decir. Existe en nuestra cultura una compulsión de “hay que decir” aunque no se pueda, ni se tenga ganas, ni la más remota idea. Con la ilusión de que si se dice, mágicamente, se resolverá cualquier cosa.
 
Otros mute, un poco más escondidos y difíciles de explicar, en el rinconcito de la mismidad.
Uno, el compartido. Delicioso y con poca prensa. En la película Rapsodia de agosto, dos ancianas se sientan sobre el suelo en compañía callada, haciendo el duelo de sus muertos. Conmueve ver algo tan verdadero, sencillo y hondo.
El ayuno de palabras en compañía (de la media naranja) aporta una panzada de intimidad. Dieta altamente energética equivalente al consumo de fibras, proteínas y etc. que cientos de miles de horas de blablablá (comida chatarra) no alcanzan para cubrir los requerimientos de cada uno y del sagrado espacio entredos.
 
En grupos, observé amontonamientos de niños gritones, con profesores gritones, con padres gritones + música estridente, en piletas, parques, aulas, cumpleaños. Vi la hora de comer con el griterío de las gentes adultas y pequeñas y el televisor, o en los restaurantes.
Pero tuve también la oportunidad de junar, con idénticas escenografías y reparto, el trabajo, la comida, los juegos silenciosos. Es inexplicablemente bello. No me refiero a las escuelas de mi infancia en las que estaba prohibido hablar (y nos las ingeniábamos igual, debo decir).
Hay un placer posible con otros, más allá del ruido. Un más acá de las personas y al estar siendo uno mismo, sin distracciones.
 
El otro, el silencio a solas permite un encuentro casual con algo/alguien dentro de una, inesperado y primaveral. Libre del humo de diálogos internos y monólogos razonantes defendiendo-atacando algún temor futurista o pretérito. Una “paja mental” sinpresente  con la ausencia de la protagonista principal: una misma, aquí y ahora.
Enmudecer ese taca-taca solitario, implica tomarse vacaciones de los pensamientos, del miedo a lo que va a venir, del resentimiento de lo que ya pasó. Un oasis que permite desplegar insospechadas cualidades.
 
Es diferente del “llamado a callar”, un deber en ocasiones en las que es preferible y conveniente “cerrar el orto” como dicen los jóvenes. Ponerse una mordaza y retorcerse de ganas. Con esta entrega regalamos el siguiente pequeño manual no ilustrado del buencallar.
1-Cuando el otro no está disponible. Tirarse a una pileta sin agua para confirmar que “nadie me escucha”.
2-Si importa más librarse de sentimientos indeseables que comunicarse (culpas, traiciones; secretos de almohada o de diván). La autoacusación como estrategia no es buena. De hecho ninguna “estrategia” colabora en las relaciones honestas. En general recomiendo hacer una carta y no mandarla.
3-Cuando se promueve una pelea y especialmente si se tiene razón.
4-Cuando se te ocurre preguntar “¿qué te pasa?”.
5-Si no está claro el motivo ni se tienen en cuenta las consecuencias, es como andar a los garrotazos con los ojos vendados.
6-Cuando se siente humillación, heridas difusas que conviene aclarar previamente con una.
7-Si se te suelta la cadena inquisitorial de: “¿dónde estuviste?” o “¿por qué no llamaste?”. Juro que la respuesta llega solita y dulce.
8-Cuando ya se dijo una vez y muy clarito algo importante. Las reiteraciones diluyen la comunicación.
9-El “secreto profesional” de la amistad. Confidencialidad que se lleva a la tumba.
10-Cuando se le dice a otro lo que tiene que hacer, es más productivo monitorear la propia vida.
11-Cuando es por completo innecesario, en por lo menos dos casos: el otro ya lo sabe y es molesto por excesivo “abrigate que hace frío”; o, ya está perdido, no lo sabe y no lo aprenderá jamás, ejemplo: “por favor, no cortes las cortinas mientras voy al baño”.
Pueden continuar con otras opciones y enviarlas.
 
El silencio compartido o a solas engorda… la  vida. Abona encuentros verdaderos, pero especialmente sorpresas y hay que bancárselas.
Como el enigmático susurro de un verso de Eliot, (versión libre) “sharap… dice el pájaro, la especie humana no soporta demasiada realidad”
 
 




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