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ISSN 1853-2926

Elegir un tipo particular
Publicado el lunes 18 de octubre de 2010 a las 13:25

 

UN TIPO PARTICULAR

Freud, el inventor del psicoanálisis, escribió hace más de un siglo Sobre un tipo especial  de la elección de objeto en el hombre.

 He notado en las consultas un caso especial, en el que la persona durante meses o años, –en ocasiones lleva la vida– se encuentra ocupada intentando cambiar a su compañero.

No cambiarlo por otro, sino construir una persona diferente. Un trabajo denodado, insensato y tenaz para que él sea distinto.

No está en duda el afecto, no está en juego el apego, la posesión o como se le quiera llamar a esa exclusividad que se brindan dos. Tampoco faltan los rituales de sexo y cenas. Todos los indicadores se desenvuelven casi normales. Salvo, por ese esfuerzo de organizarle un nuevo nacimiento a alguien ya crecido

Como los hermanos menores que esperan toda la vida que su hermano mayor, torturador liviano, plagado de infracciones leves, un día lo quiera de verdad. Creyendo cada vez, y cada vez tomando un trago de decepción.

La mujer que ostenta esta causa, quiere a alguien que no termina de aceptar, de digerir. ¿Tiene miedo de seguir buscando?

Aceptar, a alguien implica tolerar gustos personales, manías. [Ver www.silviafantozzi.com.ar/el-lunar.php ]

 Antes, deseo aclarar que la elección de objeto de amor es inconsciente, lo digo porque no es lo que se escucha por ahí, con toda conciencia “es igual a mi papá” o “siempre repito lo mismo”. 

Es muy diferente elegir el tipo particular. A Freud, le llaman la atención ciertas características de algunos hombres.

Las  extrañas condiciones requeridas: que sea medio putarraca o que esté comprometida, con o sin amor, a otro hombre.

Además, el comportamiento del amante, “casi una obsesión”. Y el deseo de salvar, tratar de salvar –aunque  no sea necesario, económica o moralmente–.

Y, un rasgo más, la elegida es “única”. No habrá ninguna igual, no habrá ninguna como dice el tango. Lo que sorprende, dice el maestro, es que se da con otras, una larga lista de tales personas, lo único se repite muchas veces.

Con estas impecables descripciones, vamos a lo nuestro.

Algunas mujeres parecen realizar un casting y seleccionar siempre un tipo particular, con el cual comportarse obsesionadamente. 

Un hombre comprometido, por ejemplo, o lo que lo hace “presidenciable” es el maltrato emocional. Paradójicamente, le da valor a algo que nadie, creo que ni la misma interesada vería –racionalmente– como valioso. Desocupados crónicos; conflictivos de humor cambiante; o llenos de complicaciones familiares; “depres” enraizados. Y ella, entreverada de fantasías y realidades, se propone salvarlo. Como una madre.

En un primer acercamiento, podemos pensar que la dama en cuestión, hace por otro lo que quisiera que hicieran por ella.

Se encarga más de esa otra vida, –autónoma, por otra parte,  un adulto que se las arregló “n” años sin auxilio de la preceptora– que de la suya propia.

¡Ay! Es que da tanto trabajo averiguar lo que se quiere y hacerse cargo, que siempre es fácil, tan fácil, encontrar alguien para cambiar, darle buenos consejos, entretenerse brindando apoyos innecesarios, ocuparse de buscarle oportunidades, que hacer todo eso para sí misma. Estas mujeres no pueden “atenderse” como si rechazaran ser sus propias madres.

Tengo dos hipótesis.

Por un lado, si el caso no es muy persistente, es decir si no se “repite” con exactitud matemática, podría existir temor a “estar sola”.

Resumiendo, se agarra de lo primero que venga y después intenta cambiarlo. El paso intermedio es “adornarlo” un poco, con virtudes de las que carece el caballero (aquí entra la fantasía, como loca). La mujer se siente estafada, porque él no es como ella lo inventó. Una red de complejos componentes que se manifiestan en reproches. Por ejemplo, una frase que él dijo una vez al viento,  pasa de ser un comentario a una declaración de prensa, a la cual la enamorada se aferra y exige  que el sujeto actúe en consecuencia. Del tipo: “Vos dijiste…” 

En este modelo, la hipótesis sería que la persona no aprendió, no le enseñaron, no sabe estar sola. Adquisición supuestamente imprescindible antes de salir a buscar.

Si el caso es recurrente y los amigos, compañeros de trabajo, familiares, anque la barra brava femenina, afirman junto con ella que “la mala suerte” la acompaña –la larga fila de “únicos” que dice Freud– ya no es temor de estar sola.

La segunda hipótesis es terror a ser. Prefiere hacer cualquier cosa, encargarse de cualquier causa jodida, antes que ser.

No se atreve a asomar la nariz, aunque vista de afuera se vea exitosa, independiente.

Se esconde detrás de las causas verdaderamente perdidas. Y esto, poco tiene que ver con animarse al amor.

 

 





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