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ISSN 1853-2926

La Fruncida
Publicado el martes 16 de noviembre de 2010 a las 11:05

 

LA FRUNCIDA  

 

 

Una mujer tiene muchas facetas, (madre, esposa, trabajadora, alumna, etc.) dentro de cada una de ellas encontramos también diversos elementos.

La madre, por ejemplo, no es única ni sólida.

No digo  diferencias entre mujeres, sino que en cada aspecto existe un complejo juego de componentes que se complementan o se oponen,  sometidos a las normas o enfrentándolas; aceptados o rechazados.

Aun así, contradictorios y superpuestos, forman parte de la mismidad.

 

Tampoco me refiero a una  suma de tareas, en el sentido de las revistas femeninas –compañera, amante, madre, cocinera, gimnasta, amiga, etc. –.

 

Quiero decir que una mujer y sus distintas situaciones a lo largo de la vida nunca son una.

 

Nos ocuparemos de un frágil componente de la mujer amada y amante o deseada y deseante, para ser más exacta.

 

Con su pareja una mujer puede sentir diferentes sensaciones, emociones y  conmociones.

Se pierden matices simplificando. La relación con otro/a puede ser más densa tupida y enriquecedora, si se toleran ciertas “apariciones”.

Desmalezando, quiero expresar que en la situación “eróstica”, como decía una cómica en los setenta, la mujer  es compuesta.

El muestrario no es exhaustivo, ni ocurren siempre todas las combinaciones juntas, algunas permanecen desconocidas. Tenemos la geisha, la esclava, la hembra, la mujer, la prostituta, la monja, y otras, muchas otras.

Hoy voy a reseñar a una: la fruncida, como dije, con aspiraciones de club de fans.

 

 

 

No es la que no puede sentir.  Ni  la “calienta pava” tan producida como incapaz.

No es la frígida, que por otra parte creo que no existe,  ni a la que se hace la estrecha, ni la que llena de represiones o vergüenzas no deja que nadie se le acerque demasiado. Tampoco de la vengativa  que se enojó por algo y hace pagar a los dos con una abstinencia sexual.

 

La fruncida es un aspecto sutil, impalpable y tornadizo.

 

A su vez contiene fragmentos, más o menos crónicos, otros de poco tiempo y algunos instantáneos.

Es decir, hay fruncidas de larga, media y corta duración. (Pueden venir de un hecho acontecido en el pasado, incluso con otro/a; o de algo que se dijo mientras comían). El número de fruncidas en una misma persona produce enormes diferencias.

 

Lo que las asemeja es el frunce: un hilito tirante que achica el alma o el esfínter; que acorta la mano de la caricia o el beso; las cuerdas vocales, el abrazo.

El hilo del frunce es una afrenta o un temor, una burla sospechada, una incomprensión del partenaire  en momentos de suma vulnerabilidad, como es el de estar desnuda frente a alguien. Cuando el piolín empieza a tirar, hace arrugas que pliegan el gesto y encogen el cuerpo.

Las diferencias temporales de las fruncidas pueden coexistir, necesitan mimo para relajarse. Pero la fruncida no sabe pedir. Cree que la pareja tiene el deber de adivinar.

 

Hay frunces que se olvidan y  otros que una vez instalados suelen convivir como parte de la naturaleza y hasta se ha olvidado el origen. Pasan a ser algo del “yo soy así”.

En casos extremos, cualquier acercamiento –aún el terapéutico–  produce rechazo y una especie de rencor.

 

Porque la atención, el cuidado, no hacen más que  revelar todo el dolor que les provocó la herida de nacimiento del frunce, o sucesivas lastimaduras acumulativas que la pobre guarda en su haber.

 

Algunas veces,  cae en la cuenta en un encuentro que desborda. Aparece como un sentimiento angustioso inexplicable. A pesar de que la realidad –y la razón– indiquen todo lo contrario. “Debería” sentirse súper, según los manuales, pero no.

Desfruncir es toda una operación. Consiste en cortar el nudo, estirar el hilo y planchar el espíritu. Regar con algunas lágrimas en secreto y soledad o gritadas al viento.

 

En criollo, darle una oportunidad a la confianza. Una chance al momento. Saltar con o sin red.

 

Me han contado que no hay nada mejor que un buen desfruncimiento.

 

 

 





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