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ISSN 1853-2926

Envejecer?
Publicado el martes 30 de noviembre de 2010 a las 09:59

 
CUANDO SE COMIENZA A ENVEJECER
 
Si hubiera encerrado el título entre signos de pregunta y con un acento en la “a” del cuando, podría contestar: desde que nacemos.
Pero saben que no me estoy refiriendo a eso. Pura biología.
Tampoco, por lo menos en este boletín, señalo esa desproporción entre lo que se endurece de arterias, articulaciones, hombros y se ablanda, cae, en las zonas más preciadas. Una paradoja impiadosa, cuanto más se robustecen las contracturas, más flaccidez por otros lados.
 
Propongo pensar sobre los sentimientos del envejecer. Declinación que, en mi práctica, en muchas ocasiones, no tiene nada que ver con la edad ni con el cuerpo.
Conocí  personas muy jóvenes (con lolas paradas) que se sienten viejas. Algunas porque les tocó vivir demasiado, otras porque todavía no vivieron y no saben cómo empezar. La vida desfila, el almanaque da sus vueltas pero no sienten que estén viviendo, miran  los días y las experiencias como “detrás de un vidrio”. Las cosas les pasan.
 
Encontré muchas respuestas (desconfiemos cuando hay una sola). Una explicación muy amplia, vaga y resumida –lo siento, es lo que hay– es que la sensación se produce por ausencia de proyectos personales gratificantes.
El lado bueno de este acercamiento insuficiente es que permite comenzar a preguntarse por lo personal, lo grato. Y no importa cuándo suceda, si a los quince, a los treinta o a los setenta, siempre es maravilloso.
 
Pero, ojo, el suelo está lleno de trampas fáciles. De salidas que no lo son.
Inmediatamente me explico: muchas personas no se toman todo el trabajo de encontrar “el” proyecto y acumulan frustraciones. Otras no lo ven aunque esté delante la nariz.
Una forma de escapar a la tarea es repasar la lista de pendientes. Se cree, de buena fe, que un proyecto del pasado que se abandonó –igual que el pasado– debe ser reflotado como el Titanic, y se ponen manos a la obra. No siempre resulta.
A veces, es más conveniente enterrar el pasado, ponerle un moño a ser bailarina, arquitecta o tener una granja orgánica para abrirse a lo que se necesita hoy para sentirse plena.
Revisar los deseos de antaño para reflotarlos y sacarles el jugo está bueno. Hundirlos como un buen recuerdo, ponerle marco a la foto y colgarla en la pared, a veces, alcanza. De pronto, alguien se siente satisfecha y sin deudas incobrables.
Otra trampa es aletear en el vacío. Inscribirse en todo lo que se ofrece para “estar bien”. (Tango,  ikebana, tiro al arco, tarot, gimnasia acrobática, cocina étnica…  mi barrio está empapelado de folletos ofreciendo cursos.)
Cuando algo, cualquier acción, se hace para otra cosa que no sea un fin en sí mismo está condenado al fracaso. Entretiene, sí, pero no da el certificado de felicidad. (Si alguien muere por cantar y lo hace se siente plena y en paz, como una buena digestión, pero no fue a buscar compañía sino clases).
 
Los proyectos personales verdaderos, esos que le dan gustito a la vida son, generalmente, el resultado de un accidente. Se tropieza por casualidad con “eso” que gusta un poco, que no viene en cajita ni envuelto para regalo.
Si asusta, mejor. Si se frunce todo, es una oportunidad. No hay que soltarla, se suelta por cagazo o  distracción, por estar lamiendo heridas del pasado o  chupando “ofertas”. Hueso que muchas personas consumen y andan con esa cara.
 
Si quisiera cambiar el título poniendo el signo de pregunta y el acento. Diría que comenzamos a envejecer el mismo día que no tenemos nada nuevo para dar ni para recibir. Archiconocida expresión de deseos.
Afinando la puntería creo que se trata de conservar inocencia. Capacidad de asombro. Darse y dar sorpresas, permitirse recibirlas.
Lo que sorprende descoloca, implica tolerar sentirse medio torpe y medio boluda con  aquello que aparece sin libreto. Recontra torpe y recontra boluda rejuvenece, como un infant que explora el mundo.
 
Una de las cosas, entre muchas, que aprendí de Emilio Rodrigué fue su construcción teórica-empírica (no se privaba de nada) de loa a la vejez. Si bien se refiere a la edad, considero que el compromiso con sí misma no es un yogur con fecha de vencimiento, “seré feliz cuando sea vieja” es una promesa que nadie se cree. Cuando el hijo crezca, cuando no haya que  ocuparse de los viejos, cuando se termine con la facu
Según don Emilio jubilarse es “Como un estado civil, casado, divorciado, jubilado… Entrar jubilosamente a una edad en que mal que bien, bien que mal, se ha cumplido con Dios, con el hombre y con el diablo.”
Has cumplido el contrato, dice, y sos libre para delirar. Cuentas saldadas y vida nueva. Agrego, este fenómeno tablas, puede operar en cualquier momento de la vida
“El jubilado tiene que transformar la ciudad en su jardín, el barrio en su quinta. Tiene que ser notable para ser considerado, apreciado, mimado.”
Una amiga le responde que la grandísima mayoría qué, ¿qué se joda?
Y él sin inmutarse en su pináculo contesta: “uno tiene que construir un lugar donde es prestigiado, en el bar, en la plaza en un chat Group de Internet, en la tribuna de socios de Chacarita Juniors…”
Aterrizando a lo nuestro, cada día en cada edad, buscar y encontrarse pequeños lugares de mimación.
 
Hablando de encontrar, tropecé con este chiste (de autora anónima), apropiado para las que cruzamos ciertas fronteras:
¿No les ha pasado alguna vez que miran a otra persona de su misma edad y  piensan que una no puede parecer tan vieja? 
Bueno, lean esta historia: 
Estaba sentada en la sala de espera de un dentista.
En la pared estaba colgado el diploma, con su nombre completo. 
De repente, recordé a un muchacho alto, buen mozo, pelo negro, que tenía  el mismo nombre y que estaba en mi clase del secundario, como 40 años atrás. ¿Podría ser el mismo chico del cual estaba secretamente enamorada? 
Pero después de verlo en el consultorio, rápidamente deseché esos  pensamientos. Era un hombre pelado, canoso y su cara estaba llena de  arrugas. Lucía muy viejo como para haber sido mi compañero de  clase. 
Después de examinarme, le pregunté si había ido al bachillerato del barrio tal. 
Sí, Sí!!! Sonrió con orgullo. 
Le pregunté: ¿Cuándo te graduaste? 
Me contestó: En 1965. ¿Por qué me lo preguntas? 
Y yo le dije: ¡estabas en mi clase! 
El me miró detenidamente...

Y entonces ese:
FEO, 
PELADO,
ARRUGADO, 
GORDO, 
CANOSO, 
DECREPITO, 
HIJO DE PUTA, 
ME PREGUNTÓ:  
¿QUÉ MATERIA ENSEÑABAS?  
 




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