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ISSN 1853-2926

Fin de Año
Publicado el martes 14 de diciembre de 2010 a las 08:13

 
 
FIN DE AÑO
 
Más y más preparativos de diversas materias. Encontrar ese juguete; acomodarse a la familia del  novio de la hija menor; encargar un taxi –que no va a venir–, con tres semanas de anticipación. Encolumnarse con la frase  “todo es un comercio”, mientras se cargan paquetes inusuales O se piensa: “es un día más”, sabiendo que es mentira. Los encuentros de egresados del siglo pasado. Los reconocimientos de turrón y pan dulce, con la conciencia plena de que “esta comida no es de verano, es europea y allá están tapados de nieve”. También se saborean agendas, si la del año que concluye es muy pesada se cambia por una chiquita, y viceversa. Serán imprácticas las dos, ya se sabe. Zafan las que cambian las hojas de la misma agenda año tras año, pero no se enteran de que son felices. Se elevan las promesas “el año que viene esto no va a pasar, me voy de viaje” o  “la próxima vez haré todo con tiempo” como dicen los estudiantes.
 
De todas las archiconocidas frases de esta temporada, las “psi” tampoco escapamos a las Verdades Irremediables “las fiestas movilizan”, decimos con garbo.
 
Sí, Las Fiestas movilizan, independientemente del credo. Y los domingos a la tarde y las vacaciones, y las mudanzas y el día del cumpleaños y los duelos y las separaciones y las ausencias y los nacimientos. Y el primer día de clase y el primer beso y el primer pasito del hijo. Y el último día de clase o irse a vivir sola o acompañada.
 
Escribí sin pensar, y ahora me pregunto, ¿será que Las Fiestas  tienen algo de todo eso? Podría decir que sí, sin riesgo, pero creo que también tienen un plus.
 
Arranquemos con lo sin riesgo: Lo Último y Lo Primero tienen dos cosas: por un lado, la falta de libreto ¿cómo sigue esto?, que da miedo, pero también muchísima libertad. Por otro, esa pátina de borrón y cuenta nueva. Lo que pasó, pasó y  se puede volver a empezar. Tener, por ejemplo, compañeros nuevos de oficina o de clase, vecinos nuevos que no saben quien sos y tienen ese respeto que les falta a los que  te junan de lejos.
No está mal. Según el mapa personal, el amparo de la red familiar-social, los recursos y el momento, ante el borrón, las gentes se centrarán en las pérdidas o en las adquisiciones. En lo que no saben o en lo que aprendieron y así subversivamente, como dice Susy.
Lo bueno de todo esto es que las personas somos impredecibles, no sucede que ponemos una moneda y sale naranjada. Frente a lo que se imagina como lo peor, tal vez, se reacciona súper. Las fiestas son impredecibles, y el “año que se inicia”, como rezan las propagandas, también.
No estoy diciendo “¡tú puedes!” estoy diciendo que una (paciente, psicóloga o civil) no tiene ni la más puta idea sobre cómo van a suceder las cosas.
 
Aunque  se puede intentar “programar” los sentimientos con resultados incordiosos.
Concretamente, si alguien “ya sabe” que la va a pasar mal, que se va a aburrir o que será una porquería, esta controlando, infeliz, pero controlando. No deja de experimentar una sensación de poder aunque “se joda todo mal” como dicen en Corrientes. Y, después, agregue triunfal ¡yo sabía! Además, si ya se está al tanto y no hay más remedio, tampoco hay para qué molestarse. Si, por ejemplo, se tiene la certeza comprobada, día tras día, que se tarda media hora más en viajar al trabajo ¿por qué el fastidio cada vez? Es como enojarse con el amanecer, o azotar el mar, Camus dixit.
Y al revés también, idealizar de antemano y excesivamente una cena, reventarla de expectativas, invita a una colada: doña Decepción, infaltable en las mesas del Club de las Perfectas. ¡Cuánto cuesta dejarse ir y ver qué pasa!
 
Tenemos, entonces, ese aire “fojas cero”, las sensaciones –liberadoras y asutadizas– de final y comienzo y sus complicaciones. Vamos con el plus: la celebración.
Los griegos, que no se privaban de nada, inventaron hace más de dos mil y cientos de años una palabra opuesta a pesadumbre: gozadumbre.
Algo de esto tiene la celebración, la posibilidad o capacidad de disfrutar o hacer disfrutable la existencia. Celebrar a otros, o con otros, celebrarse.
Acá sí que hay que arremangar, –mucho más que para sufrir–. Agrandar el yo, el mí, el sí misma (no sé que palabra usar, acepto sugerencias) estirarlo ancho, alto, como si no entrara en el cuerpo. Da un poco de chucho. Pero “el miedo es del mismo tamaño que el deseo” asevera Gustavo. Y como le dicen a Alicia detrás del espejo: “al principio da vértigo, pero después te acostumbrás”.
 
Y ahora vienen mis augurios. Cuando era chica leía en las tarjetas “Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo”. La palabra Próspero me intrigaba, además de un tío con bigotes, no sabía qué podía significar. Según el diccionario, prosperidad quiere decir: Curso favorable de las cosas, buena suerte o éxito en lo que se emprende, sucede u ocurre. ¡Guau! Y próspero: poderoso. La que más me gusta (de las treinta definiciones) de poder: Tener facilidad, tiempo y lugar de hacer una cosa; tener libres, despejadas, las facultades o potencias de hacer una cosa.
Creo que no se puede pedir nada mejor. ¡Les deseo un curso favorable de todas las cosas, buena suerte y éxito en lo que emprendan, les suceda u ocurra! ¡Les deseo que tengan facilidad, tiempo y lugar para hacer cualquier cosa, que estén libres y despejadas sus capacidades y potencialidades para hacer lo que sea!      
Les deseo un PRÓSPERO AÑO NUEVO, bah.




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