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ISSN 1853-2926

El infierno de las citas
Publicado el viernes 24 de junio de 2016 a las 08:25

 

Por todas partes se extienden los nuevos ritos de apareamiento idénticos  en  expectativas y consecuencias a las molestias de antaño de  espiar por los visillos de las ventanas algún posible amante y quererle antes de escuchar la voz, sentirle el olor o compartir afinidades.

 

Una investigación reciente, la mía. Arroja datos variopintos sobre experiencias. De todo, como la vida misma, cientos de miles de parejas felices que comen perdices y, por otro lado, 75% de casos de violación denunciados en el Reino Unido por mujeres que acudieron a encontrarse con el amor de sus vidas.

 

El mundo nunca fue un lugar seguro, Caperucita. Y las relaciones humanas jamás fueron fáciles. De esas dificultades está empedrada la historia de la humanidad.

 

A fines del siglo XV causó sensación una obra que se tradujo a otros idiomas y fue reeditada varias veces; lo que para la época, plagada de analfabetos, supera lejos a la zaga de Harry Potter. El  Libro de Calisto y Melibea y la puta vieja Celestina, cuenta las diligencias de una mujer que se encargaba de encontrar parejas de los gustos más diversos con los que está poblado este adorable planeta en que nos tocó vivir.

 

Contrariamente a lo que se repite y se cree, parece que el oficio más antiguo es rejuntar gentes.

Alcahueta de la comunidad, infobae recomienda cinco páginas Web  http://tinyurl.com/zypl24s para resolver soledades.

 

La arrogancia que caracteriza a nuestra especie, hace que cada vez que una generación desarrolla una tecnología, –la que sea, la rueda, la máquina de vapor o el Tínder– cree que inventó la pólvora y que hay que opinar, ponerse alguna camiseta o defenderse de los cambios arreando a los semejantes con el mismo empeño de salvar ballenas (obra noble).

 

Las páginas que estuve investigando, dan una serie de tips para evitar malos momentos. Como si los que inventaron la rueda hubieran aconsejado no dormir la siesta abajo del carro. Todas las recomendaciones son innecesarias, las personas descuidadas no les pasan bola y a las cuidadosas no les hace falta

 

Platón, entrenador de vida en metáforas, inventó un mito delicioso de la humanidad inicial: éramos redondos con dos cabezas, dos torsos cuatro brazos y cuatro piernas. Había tres clases de esferoides, dos mitades unidas de mujer y hombre; dos de mujeres y dos de hombres. Y nos serrucharon por la espalda, desde entonces seguimos buscando nuestra otra mitad por el mundo.

 

Y desde entonces, gritan los aconsejadores. Contradictorios, incoherentes, como la madre propia: ¡Buscá!; “Olvidate de buscar, llega cuando menos lo esperes”. Compren, vendan. Alquilen, contraten tres meses. Agarrate fuerte, insistí; Soltá, ¡hay que soltar! (¿qué va a soltar sino tiene nada?). Y ni al mismísimo Dios le fue bien con Adán presentándole una gurisa.

 

 

En medio del coro, los castinguers deben vencer innumerables conflictos. Desplegar paciencia, tolerancia, confianza, entre extraños, prácticamente. Una especie de rafting con los ojos vendados en hora pico.

Mostrate como sos, rivaliza con la complacencia de no desestimar como terrible maleducada/o. Arreglarse mucho, poquito, nada. Contabilizar salidas, llamados, chats. Yo le escribí última o primero. Creer en las señales.

 

No parecer estoquer, pero tampoco mostrar una indiferencia galopante. Y así, hasta el infiniiiito. Más la maldad de los aparatos, que no llegan los mensajes, que se pierden, mi vida, las botellas en el mar.

 

Entre tanto, las idas y vueltas obligan a las mitades sueltas a reflexionar, a  preguntarse qué quieren. A sospechar si resultaría deseable realizarse a sí mismas algunas cirugías del alma, aumentar un poquito de esto, sacar un poquito de aquello. Para encontrar alguno/a que no necesite corrector de defectos. O, mejor, para encontrarse.

 

Muchas personas saben del infierno de tener que empezar de nuevo, como bien cantara Serrat: El instinto de buscar...  El gusto de conocer... El temor a reincidir...  y tooodo lo que sigue.

 

Algunas gentes saben agradecer el estar con otro, “guardadas”, de peligros y decepciones. Otras valoran el refugio cuando sienten que se les escurre. Vale.

 

Existen también quienes se conforman para no salir a la calle que está dura. O, se acomodaron a la queja calentita.

 

Y  cagones que amarretean corazón y sufren para no sufrir.

 

Dicen que Dios dijo: “No es bueno que el hombre esté solo”. (Ni la mujer, obvio). Y nunca jamás leí que esté prohibido buscar a doña Celestina.

Como decía un viejo psicoanalista, lo único prohibido es un pariente cercano.

 

Hasta la próxima!





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