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ISSN 1853-2926

Creaciones de la mente (Trilogía)
Publicado el miercoles 4 de septiembre de 2019 a las 18:20

 

 

Una serie de especulaciones operan como si fueran reales. Lobos marinos, mamuts, anacondas giran en las pantallas mentales de ciudadanos y ciudadanas.

Las personas –redundantemente– personifican, recrean y padecen  situaciones inexistentes.

 

Veremos en tres entregas las más frecuentes con el propósito de echar luz a esos rinconcitos oscuros, llenos de polvo y telarañas que una vez sacudidos y ventilados permiten vivir con libertad.

A modo de pantallazo introductorio nombraré las más votadas en el ranquin de los moscardones cósmicos que enturbian pensamientos rumiantes y perturbaciones menores que molestan como astillas incrustadas en la mismidad.

Prefiero aclarar –antes de que oscurezca– que no me refiero a la actividad de pensar, el problema es que muchas veces se confunde el pensar  con las mentalizaciones, intelectualizaciones rumiantes, las justificaciones o explicaciones que nadie pidió.

El pensamiento es un arma poderosa al servicio de la libertad personal, de la conquista de espacios nuevos para un individuo o un grupo. El pensamiento trae siempre algo fresco e inesperado. Un recurso para romper cadenas. No tiene nada que ver con el caldo rancio regurgitado de lo hiperconocido que solo acarrea más culpas, dolores, resentimientos, venganzas imaginarias y esclavitudes variadas.

 

Los archivillanos de los agujeros negros son por orden caprichoso:

– “selodije

– “quéledigosi”  

–un ramillete de “argumentosque llegandemasiadotarde”; “diálogosquejamássucederán”  y “monólogosdepresentaciónparalaprensa”.

Esta serie de embarazosas costumbres mentales pueden quitar bastante oxígeno a cualquier plantita bien nacida en el terruño propio. Se basan en interpretaciones y cálculos sobre lo que los otros sienten y piensan y en motivos que los otros tienen para realizar sus actos. No se duda de la propia clarividencia y con certeza gitana se realizan una serie costosa de estrategias y decires interminables intentando convencer a otro de que la imaginación propia o el argumento más valioso es la verdad revelada.

Priman también, –por el mismo precio– es honesto decirlo, quedar bien, no equivocarse, y construir la auto-perfección.  Ácidos, que se mantienen lo bastante lejos para que nadie se entere. Menos el adicto a esta baratijas del desasosiego.

Estos goces infernales evitan que la persona se mire a sí misma, descubra sus miedos e imperfecciones. Se responsabilice de sus proyectos, se procure un vidadigna de ser vivida” como dice Nietzsche.

La camorra permanente, la queja, la culpa, la esperanza en el conflicto, el agite de aguas barrosas deja a la querida Caperucita interior como la víctima de los demás. Y la solución se perfila como un sinnúmero de palabras sin valor machacadas hasta el infinito rebotando en el espacio mental. Un caldo chirle que jamás nutrirá.

Sacudirse dimes y diretes y dejar que la telaraña mental quede enganchada de alguna araucaria o sequoia del parque con arañita y todo. Ni vale la pena destejer.

Preciosa aventura en el bosque.

Continuará…

 

Creaciones de la mente  (Trilogía)

 

Una serie de especulaciones operan como si fueran reales. Lobos marinos, mamuts, anacondas giran en las pantallas mentales de ciudadanos y ciudadanas.

Las personas –redundantemente– personifican, recrean y padecen  situaciones inexistentes.

 

Veremos en tres entregas las más frecuentes con el propósito de echar luz a esos rinconcitos oscuros, llenos de polvo y telarañas que una vez sacudidos y ventilados permiten vivir con libertad.

A modo de pantallazo introductorio nombraré las más votadas en el ranquin de los moscardones cósmicos que enturbian pensamientos rumiantes y perturbaciones menores que molestan como astillas incrustadas en la mismidad.

Prefiero aclarar –antes de que oscurezca– que no me refiero a la actividad de pensar, el problema es que muchas veces se confunde el pensar  con las mentalizaciones, intelectualizaciones rumiantes, las justificaciones o explicaciones que nadie pidió.

El pensamiento es un arma poderosa al servicio de la libertad personal, de la conquista de espacios nuevos para un individuo o un grupo. El pensamiento trae siempre algo fresco e inesperado. Un recurso para romper cadenas. No tiene nada que ver con el caldo rancio regurgitado de lo hiperconocido que solo acarrea más culpas, dolores, resentimientos, venganzas imaginarias y esclavitudes variadas.

 

Los archivillanos de los agujeros negros son por orden caprichoso:

– “selodije

– “quéledigosi”  

–un ramillete de “argumentosque llegandemasiadotarde”; “diálogosquejamássucederán”  y “monólogosdepresentaciónparalaprensa”.

Esta serie de embarazosas costumbres mentales pueden quitar bastante oxígeno a cualquier plantita bien nacida en el terruño propio. Se basan en interpretaciones y cálculos sobre lo que los otros sienten y piensan y en motivos que los otros tienen para realizar sus actos. No se duda de la propia clarividencia y con certeza gitana se realizan una serie costosa de estrategias y decires interminables intentando convencer a otro de que la imaginación propia o el argumento más valioso es la verdad revelada.

Priman también, –por el mismo precio– es honesto decirlo, quedar bien, no equivocarse, y construir la auto-perfección.  Ácidos, que se mantienen lo bastante lejos para que nadie se entere. Menos el adicto a esta baratijas del desasosiego.

Estos goces infernales evitan que la persona se mire a sí misma, descubra sus miedos e imperfecciones. Se responsabilice de sus proyectos, se procure un vidadigna de ser vivida” como dice Nietzsche.

La camorra permanente, la queja, la culpa, la esperanza en el conflicto, el agite de aguas barrosas deja a la querida Caperucita interior como la víctima de los demás. Y la solución se perfila como un sinnúmero de palabras sin valor machacadas hasta el infinito rebotando en el espacio mental. Un caldo chirle que jamás nutrirá.

Sacudirse dimes y diretes y dejar que la telaraña mental quede enganchada de alguna araucaria o sequoia del parque con arañita y todo. Ni vale la pena destejer.

Preciosa aventura en el bosque.

Continuará…

 





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