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Psicologa para mujeres

O SIGO EL SUEÑO...*

Se murió Alberto Cedrón. Querido, querido amigo.
Y no nos dejó un espacio vacío. Nos dejó colmados. Tampoco queremos decir que sigue vivo, ni presente. Hablo en plural porque Jorge, el Petiso y yo confabulamos alrededor de este sombrío episodio en la vida de Alberto y en la nuestra.
Decidimos por separado y sin saber, honrarlo sin frases, ni velorios. Sin ponernos en pedo como quizá él hubiera deseado, o seguramente lo hubiera hecho por nosotros y por cualquier causa nimia.
Una persona tan legítima quizá la más genuina que conocí hace estallar lo que alguien es y salvo algunas charlas breves casi en secreto no podemos comunicar lo que sentimos Creo que cada uno siente diferente, no tanto porque somos diferentes, sino y más que nada  porque con él es imposible. Su presencia o su ausencia nos autorizan a ser y hacer lo que se nos cante.
Alberto era entero, todo el tiempo: ética y estética.
Le escuché decir algunas palabras cuando filosofábamos al mejor estilo de los griegos después de abundantes, selectos y deliciosos banquetes e innumerables libaciones.
Sus anécdotas como su labor me llegan esporádicas y desconectadas, no sé nada de su obra ni de su vida. No conozco a sus amigos, ni parientes. Asumo, sin embargo, con fruición un puñadito de reflejos de su grandeza.
 
Jorge le alcanza las fotocopias que saqué de un libro bilingüe de los tupí- guaraníes (en castellano y guaraní) cuando se está subiendo al avión  para Portugal, su penúltima residencia.
Nos avisa un tiempo después que expone en San Pablo una serie que recrea los temas que leyó en el viaje. Nunca vi esos cuadros, no sé que ideas tendrá él sobre mis guaraníes. Como la tapa de mi libro que generoso me dona.
Se apropia y enaltece lo que toca ya sean pinceles, peixes, cuentos o botellas. Todo deja de ser nuestro para convertirse en un regalo de su genio.

–Cuando me contrataron para esa escuela de arte.  El director, un tipo muy fruncido, un hombre preocupado por la moral y todas esas cosas.
Le digo que entre los docentes hay homosexuales. No le puedo decir putos.
–¡¿Quiénes?! Me pregunta. Me insiste.
Después de hacerlo sufrir un rato... le contesté,
–si me das un besito te lo digo...
¡Esperé años para hacer este chiste!
Nos explica, frotándose las manos, llenas de cicatrices y capaces de imposibles.

Neia, (¿se escribe así?) filmó con casero miramiento los centenares de mosaicos enormes que pintaba en un espacio ínfimo agrandado por el baño, la cocinita o la terraza que no se podía usar si llovía. La conquista religiosa de Portugal en Japón. Belleza en cada trazo. Esfuerzo de titanes, de incas, de egipcios. Viéndolo se puede creer en las pirámides sin auxilio de extraterrestres. Veleros suaves en un amor  azul inusitado, batallas, hombres barbudos, monjes, santuarios. Y cuidadoso relato pintado por su mujer, la historia en letras.
–No pensé que ella lo iba a poder hacer... mirá que bien la Neia...
Convenció a alguien para que las hornee los viernes. Cargaba él mismo en un  camioncito el trabajo de la semana, bajando los pisos.
Diseñó y construyó el soporte de hierro para que cada baldosa –un cuadro en sí misma– componga  todo el mural para que este monumento que viajó en un container  pueda montarse en la isla de Madeira en la que está expuesto y acaso navegue por los vientos como su autor. Técnica, barros, colores e historia investigada profundamente. Como la de las mujeres correntinas en su zaga del Manco Paz.

Teníamos hambre en Brasil, fui a pintar después de una fiesta el retrato del odontólogo del pueblo. Tenía una cara muy rara. Me preguntó por mi trabajo.
Le conté la verdad, mi mujer, mi hijito y yo no teníamos para comer, ella robaba leche en el mercado. Yo no me animaba.
Me ofreció un puesto para que dibuje las aves del Amazonas, y me iba cuatro meses cada vez. Me pagaban muy bien.
 Cada tanto le decía:
–Me siento un estafador, siento que le estoy robando a este pueblo maravilloso. ¿Por qué no sacan fotos?
-Cállese Alberto. Usted no está robando nada, otros roban. Me contestaba.
Vivíamos en la selva, la lancha nos dejaba con los indios. Comíamos casi todos los días pescado medio cocido o medio crudo con beiyú de harina de mandioca tostada.
Una vez, vinieron unos belgas o unos franceses y cuando se fueron me dejaron un montón de latas de paté, y cosas maravillosas.
Relamido salgo de la carpa. Voy a pedirle a un indio que me haga beiyú para untar,
–me  hago unos canapés...
Veo a  uno acostado en una hamaca, entre dos árboles mirando atentamente un pájaro azul inmenso parado en la punta de sus  pies. Debajo un indio viejo agachado rascándose las bolas. Largas.
Le pido al indio de la hamaca que me haga el beiyú, y este hijo de puta lo manda al viejo que se tocaba las bolas.

Nos embelesamos escuchando la historia. Supongo que así se embelesaba Alberto con sus hermanos cuando su padre inventaba cuentos de corsarios para que crucen el patio del conventillo a calentar el agua para el mate.
–Nos peleábamos para correr debajo de la lluvia. Papá nunca ejerció la autoridad... Nunca, por eso yo no puedo respetar ninguna clase de autoritarismo.
Nunca, ninguna.
Hace poco, con mucho esfuerzo y con rabietas y esperas consigue armar una colección impresionante de murales de fotos que le sacó a los troncos de árboles de Portugal. Parecen tallas, mandalas, tatuajes. Infinitos jeroglíficos.
–...pero, Ud. no es fotógrafo...
–Y a mí que carajo me importa.

Ileso. De todas las selvas.
Soy un tipo que me pueden tirar en un paracaídas en cualquier lugar del mundo y voy a sobrevivir. Una vez llegué a Estados Unidos con 40 dólares... Se ríe.
Nos reímos... Pero lo pinta como hombre, como especie, como habitante verdadero de este ancho mundo.

Alberto supo batallar y también rendirse irremediablemente, a veces.
 –Todos éramos artistas, vivíamos juntos nos turnábamos para manguear las sobras del barcito, una semana cada uno.
Nada le importaba más que su arte. Nada. Porque alguna vez se contestó aquella pregunta.
 –Cuando tenía 14, 17 o no sé me pregunté:
¿Qué hago? ¿Busco un trabajo y gano plata para vivir, para morfar... o sigo el sueño?

 

* Artículo publicado en www.elsigma.com Marzo 2007

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