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Psicologa para mujeres

ORÍGENES DEL TIEMPO*

El tiempo es continua escisión...
La escisión no se cura con tiempo sino con  
algo o alguien que sea no-tiempo.
                                          Octavio Paz

I. Construcción. Efectos.

En la concepción antropológica constituye un observable la heterogeneidad en la conceptualización del tiempo como categoría, la experiencia del tiempo es diferente en cada cultura.
Estas diferencias entre las culturas se asientan en lo que se podría afirmar desde diferentes campos de la psicología: la categoría tiempo es una construcción que realiza cada sujeto en el marco de una cultura determinada.
En el campo de la Semiología encontramos que el tiempo establece una linealidad que produciría efectos en el discurso. La temporalidad le impone una secuencia al lenguaje oral o escrito, las rupturas son observables en la patología y en algunas creaciones artísticas. La trama de un relato literario, o la simple narración coloquial de un hecho cotidiano, determina relaciones del tipo causa y efecto que condicionaría la aparición de juicios de valor.
Van Dijt denomina a esta categoría evaluación, que junto con la trama forma la verdadera historia. Estaríamos autorizados a preguntarnos si la variable temporal,  (antes, ahora, después) estructura de toda narración, producen la aparición de un trasfondo moral bueno/malo; recompensa/ castigo.
Desde el Psicoanálisis la investigación de los procesos psíquicos constituye una ruptura con la concepción de temporalidad conocida. A partir del mismo es posible establecer otros ordenamientos en la estructuración del tiempo y re-pensar sus efectos en el discurso. Un análisis de los orígenes del tiempo podría aportar una mejor comprensión de sus efectos no sólo en el lenguaje sino también en la estructuración del pensamiento.

II. Orígenes del tiempo en occidente.

La experiencia temporal de nuestra cultura es el fruto de un largo proceso, una construcción que se inicia a principios de la Edad Media, bajo el imperio de la Iglesia Católica.  Esta construcción es paralela a una estructuración el espacio, ambas reconfiguraciones se apoyan en un programa iconográfico y en la fuerza.
Nuestra concepción del tiempo es el resultado de un ordenamiento instaurado por la Iglesia que se cristaliza en el almanaque gregoriano, hegemoniza el tiempo y lo despega de la naturaleza.
       La reforma del almanaque tuvo como objetivo poner en concordancias entre el año solar y el año civil y aunque fue aceptado por la mayoría de las naciones fue también combatido.

Constituye una universalización del tiempo, el punto final de un proceso que comenzó muchos siglos antes. Se estableció tardíamente en Alemania (1669), Inglaterra (1752) y Rusia terminó de adoptarlo recién a fines de 1800.

El tiempo cristiano

El tiempo tal como lo conocemos en la actualidad, en su transcurrir y en la posibilidad de fechar eventos, fue durante siglos propiedad de la Iglesia. El hombre de la Edad Media no sabe apreciar con exactitud el paso del tiempo. En la práctica los acontecimientos se sitúan en relación con las grandes fiestas, el laico sólo tiene del tiempo una experiencia concreta - tal como sucede en los niños -, la reflexión intelectual, los cálculos precisos son patrimonio de unos pocos clérigos, todos los demás conocen sólo la alternancia del día y la noche, del invierno y el verano. Su tiempo es el de la naturaleza y el ritmo de las tareas agrícolas. La Iglesia recoge y ordena la experiencia, y en los pórticos de las grandes catedrales se ilustra cada mes con una actividad.
Los cronistas y novelistas son muy poco precisos, se contentan con fórmulas oscuras del tipo “en tiempos del rey Enrique”, “hacia la época de Pentecostés, “cuando los días se alargaron”.
La Iglesia recortó el día en horas, en un ritmo regulado por las campanas del monasterio –que contribuyó a la construcción del espacio–: maitines a media noche; laudes hacia las 3; prima hacia las 6; tercia hacia las 9; sexta a mediodía; nona hacia las 15; vísperas hacia las 18; y completas hacia las 21. El lapso entre ellas se medía con oraciones o el tamaño de las velas.
Las horas están lejos de ser iguales entre sí, varían con la latitud, la estación del año o la aplicación o bien el campanero. En Inglaterra se tocan antes que en el continente, tanto que noon terminará designando en inglés al mediodía.
Existen innumerables relatos con respecto a la exactitud, a veces cruel, con que se celebraban los oficios. Tres velas en una noche o bien el campanero puede calcular las horas según las páginas que ha leído y las oraciones y salmos que ha recitado.
Tomo como paradigma la vida en el monasterio de Cluny –cuya vasta influencia no puede ser analizada aquí– alrededor del 1050. Los contemporáneos tanto dentro como  fuera atestiguan de los recursos a que se acudía, tales como manipular los relojes de los que se disponía –máquinas que gota a gota filtraban el agua, o la arena–  adelantando la hora y relevar a los monjes para que la liturgia concordase con los números.
Ulrico, monje cluniacense, escribe “Muchas veces, antes que todos se hayan sentado en el claustro y que ninguno haya tenido tiempo de pronunciar una palabra, la campana llama a vísperas... después de las vísperas, la cena; después de la cena, la comida de los sirvientes; después de ésta el oficio de los muertos,  y así hasta completas.”
Las semanas, los meses, obedecen a complicados cálculos sólo para iniciados, que los laicos, tanto el caballero, como el campesino no pueden comprender.
Es muy difícil separar la construcción del espacio –regulada también por el monacato– y el programa iconográfico, de la construcción del tiempo cristiano.
Antes del reconocimiento y autorización oficial de Inocencio III, (que además instituyó la inquisición), hizo su aparición el Breviario, libro que contiene lo que deben cantar y recitar cotidianamente los eclesiásticos, a determinadas horas. Paralelamente se desarrolla el salterio o libro de horas, destinado a la devoción privada. El plan iconográfico –necesario debido al analfabetismo– de estos volúmenes, al que sólo rozaremos y que merece un estudio más detallado, regula las actividades del hombre como parte de un plan divino, que se plasma en imágenes en las cuales se relacionan las estaciones, los signos del zodíaco, resabios paganos y pasajes bíblicos.
El salterio cumple una doble función, por un lado con la iconografía contribuye a crear una totalidad conceptual, por medio de símbolos y alegorías, por otro asocia cualquier momento que no sea de actividad u oración al pecado, tiempo sin oración, no-tiempo, que abre las puertas al demonio, o a lo desconocido.
La Iglesia regula también el tiempo fuera del monasterio, por medio de reglas de vida cristiana, las “jornadas”. Dimensión trascendente del tiempo, concepción de pasado, presente y futuro en torno a la presencia de un Dios encarnado, y el hombre tendiendo a la eternidad.
Cosmovisión que subyace en la mentalidad cristiana y en la experiencia cotidiana del hombre común desde la Edad Media, ya que paralelamente al esfuerzo -que no escatimó el uso de la fuerza- de implantar una secuencia en la experiencia diaria, se realizó un esfuerzo teórico-conceptual monumental para establecer concordancias entre el Antiguo y el Nuevo Testamento y los resabios paganos conocidos, cuya conclusión lógica derivaría en la frase: “desde que el mundo es mundo”, que da como resultado una teoría completa del universo prácticamente inatacable.
El pasado involucra al futuro. En la Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa Calpe encontramos en la palabra Iglesia, como primera acpeción, 1. “Necesidad de la Iglesia. Quedando la religión y la revelación completas y perfectas con el Cristianismo, de tal modo que no puedan esperarse otras y debiendo durar lo que el mundo y servir para todos los hombres, era precisa una institución con autoridad suficiente para conservarlas y trasmitirlas incólumes, evitando su alteración.” Los puntos siguientes, en el diccionario, justifican la existencia de la Iglesia Católica Apostólica Romana como única Iglesia.

El tiempo del mercader

En razón del hábitat en que realizaban su actividad el campesino y el señor feudal, se mantenía una estrecha relación con la naturaleza, los devocionarios laicos ligaban a ésta al tiempo sagrado.
En el ámbito urbano la relación se va tornando cada vez menos directa, el mercader tiene que manejar el tiempo de manera diferente, la división profesional de la jornada se rige por leyes propias, y el transcurrir se traduce en dinero.
Este tiempo necesita un largo período, ya que la Iglesia considerará prologadamente irreconciliables términos como beneficio y salvación.
No sin resistencia cede la Iglesia su cosmovisión del tiempo a la burguesía, el tiempo del mercader, que tradujo el tiempo en dinero.
Se introduce con la burguesía una nueva característica en la medición del tiempo –cuya linealidad se apoya en la concepción cristiana– y lo somete a necesidades prácticas.
Secuencia temporal mensurable. Paso previo necesario para la instauración del tiempo de la revolución industrial. Pasaje que llevó varios siglos.
La concepción sagrada del tiempo soporta y se adapta a los tiempos demarcados por la sirena de la fábrica y el timbre de la escuela.
La experiencia temporal se subordina a la producción: el descanso y el esparcimiento contemplan sólo el aumento del rendimiento del alumno /obrero.
El ocio, potencialmente un pecado al igual que en la Edad Media merece castigo. La expulsión del sistema.
Las horas-hombre no ubicables como fuerza de trabajo, son acogidas por la cárcel o el manicomio, instituciones creadas en simultaneidad con la fábrica.
En nuestros fines de siglo, la floreciente industria del ocio lo pautó estableciendo normas rígidas. Aún los turismos de “aventura” la excluyen al reglamentarla. El negocio del ocio no deja afuera edades ni ocupaciones –video juegos, Tv., etc. –. Casi no existen espacios de ocio relacionados con la libertad.

III. El tiempo y el no-tiempo.

¿Cuáles serían las ventajas de una investigación orientada a una historización del tiempo? Aún no lo sabemos.
Su justificación residiría en abrir un espacio para tratar de comprender, en el marco de la teoría psicoanalítica la instauración de los procesos de pensamiento a través de un relevamiento histórico.
El riesgo sería –como lo expresa Freud en El malestar en la cultura– que al equiparar el desarrollo cultural al desarrollo psíquico del individuo, se cayera en meras analogías.
Considero que el análisis histórico, en el sentido que lo utiliza Nietzsche, quiebra la continuidad –sin pasado, sin futuro– permitiendo el devenir. El examen de los “a prioris” posibilita el futuro, ya que el cierre que se asienta en categorías que no se revisan, resisten toda comprensión.
La universalización del tiempo occidental, cuya tramitación estuvo en manos de la Iglesia establece una continuidad, y una cualificación del tiempo.
La primera, tiene como consecuencia una teoría completa del mundo.
La segunda, implica que el tiempo está provisto de cualidades: bueno- malo, con su consiguiente recompensa y castigo. La huida del no-tiempo comporta juicios de valor.
Los ‘haceres’ rigurosamente pautados cualifican el tiempo. El transcurrir como continuo cualificado presupone un Otro contiguo, omnipresente.
Otro problema que presenta la temporalidad lineal impuesta –mucho más artificial de lo que cabría suponer– es el de la causalidad.
En El ocaso de los ídolos, Nietzsche plantea el error de una falsa causalidad, en la cual las ideas que un cierto hecho ha engendrado se malinterpretan como causas de aquel hecho. Surge entonces el hábito de determinada interpretación de las causas que en realidad dificulta la investigación y hasta la excluye; una causa es buscada como una especie de explicación, mediante la cual se eliminó más frecuentemente el sentimiento de lo extraño. El autor agrega que todo el campo de la moral y de la religión forma parte de esta concepción de causas imaginarias. Podríamos agregar que la experiencia cultural en su conjunto y aún la ciencia no han podido escapar del todo de cierto furor causal.
Pensaríamos en los términos de una de las ideas de Bion: “Para toda indagación científica ya sea para persona o cosas es posible que nos estemos desenvolviendo dentro de un campo de pensamiento (una cultura, e incluso una cultura provisoria) por el que sufrimos la dolorosa convicción de que no conduce a nuestro bienestar.”-
Considero que un análisis histórico de una de nuestras más preciadas construcciones develaría un no-tiempo con leyes propias que ligaría series de fenómenos en secuencias no lineales, “descausalizadas”, estableciendo redes conceptuales que casi no pueden ser formuladas pero de las que podemos dar cuenta en nuestra experiencia clínica.
El Psicoanálisis que, como práctica, revela la atemporalidad a través de los procesos psíquicos –en la cual el no-tiempo escapa a una cualificación moral o por lo menos religiosa–, ¿podría como ciencia ampliar la capacidad del pensar? En el sentido que utiliza Bion este concepto, ampliando la tolerancia a la frustración, sin asumir la omnisciencia como sustituto del aprendizaje.
El psicoanálisis o cualquier otra ciencia que despegue a la experiencia temporal de cualificación y por lo tanto de una falsa causalidad. No propongo el caos pero tampoco creo correcta la fórmula Iglesia o caos.
Me pregunto también cuáles serían los efectos de nuestra concepción del tiempo, nacida en una religión en la construcción del pensamiento, y como dije al principio, en el discurso.
Si la secuencia temporal: antes, ahora, después, implica la aparición de una moralidad, en términos de una elaboración secundaria que ordena el discurso y al mismo tiempo instala la represión.
Como anticipaba Freud en Más allá del principio de placer,  la necesidad de revisión de la tesis de Kant, a la luz de los conceptos psicoanalíticos.

En esta oscura aventura, me parecen nuevamente apropiadas las palabras de Octavio Paz: Y, ¿si no hubiese nada ni nadie más allá del tiempo? Entonces el hombre estaría condenado y tendría que aprender a vivir cara a esta terrible verdad.

 

*Artículo publicado en www.m67.com.ar 1999


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