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Psicologa para mujeres

EL MANEJO DE LA SEXUALIDAD INFANTIL*

Lo que conocemos como sexualidad infantil no se refiere a lo que los adultos y legos entendemos por tal.
No tiene absolutamente nada que ver con la genitalidad o la sexualidad adulta destinada –en tanto especie– a la procreación.
En el bebé la sexualidad abarca todo el cuerpo. La boca, el ano, la piel y los genitales como una zona más que produce placer.
Estas zonas, llamadas erógenas, van disminuyendo su intensidad con el desarrollo y se inhiben durante un largo período hasta la pubertad. En la cual reaparecen pero transformadas y subordinadas a los fines reproductivos.
El bebé siente placer y excitación al succionar y en éste se apoya su nutrición y la supervivencia.
Pero no lo usa sólo para alimentarse, el bebé obtiene satisfacción chupándose el dedo, la sabanita, sus propios labios o cualquier objeto que esté a su alcance, aún puede experimentarla en el vacío. A este plus de placer no destinado a la alimentación se lo llama sexual.

Los actos sexuales infantiles
Los actos sexuales infantiles, desde que el bebé nace hasta el período de latencia (alrededor de los seis años) consisten, como dije, en obtener un plus de placer de las zonas relacionadas con la auto-conservación: alimentarse, evacuar.
En el desarrollo, los niños pueden retener los excrementos para sentir placer o extraerlo del aumento de tamaño de la vejiga.
O chupándose el dedo, generalmente el pulgar, hasta edades que se consideran impropias.
Estos actos son equivalentes a tocarse los genitales. No tienen ninguna diferencia para el niño en su desarrollo libidinal.
Y, casualmente, los padres y personas encargadas del cuidado corrigen estas conductas diciendo: “No, la mano en la boca, no” o “¿Por qué  no vas al baño?” cuando los ven retorcerse de ganas de hacer pis mientras juegan. O insisten en el control de esfínteres.
Sin que los padres ni los niños atribuyan un contenido sexual a estas prácticas comunes en todos los chicos.

La represión
Como decía un psicoanalista inglés, experto en el desarrollo emocional, si todo va bien, es de esperar que haya problemas.
Por medio de delicados y complejos mecanismos intrapsíquicos y en el interjuego con su ambiente cultural, los niños consiguen poco a poco reprimir esos placeres primitivos para pasar de la autoconservación y el autoerotismo a la conservación de la especie. Subordinando las zonas, como dije, a la reproducción.
En cada individuo este proceso sigue derroteros completamente diferentes, y en esto es también innegable la influencia del ambiente.
En general, la mayoría de los niños, padres y cuidadores salen airosos de estos desafíos y se entra en la latencia.
Un logro importante del período es el pudor. Sin que nadie se de cuenta cómo sucede –si hace ruido es señal de que hay problemas– los niños comienzan a sentir vergüenza de estar desnudos frente a otras personas, por ejemplo.
O no avisan ya, si quieren ir al baño, cuando pocos meses atrás se consideraba una ventaja para su cuidado que el niño grite “¡caca!” delante de quien sea.
Como vemos, pueden ser infinitos los aspectos que se van reprimiendo en esta evolución, aspectos que además eran provechosos en el desarrollo y el aprendizaje de pautas.

Las desviaciones
Se consideran desviaciones a las persistencias en determinada zona aunque, como dije, su contenido para los ojos de los adultos no sea sexual.
Los ejemplos son abundantes, desde llenarse de comida, hasta el uso excesivo de un objeto del que el niño no se separa.
Estas desviaciones tienen consecuencias en la vida adulta, generalmente impiden la inclusión de un otro. “Gana”, por decirlo así, el autoerotismo a la elección de un objeto de amor externo al servicio de la vida y su continuidad.
Pero lo que se ve como desviación en la infancia, un aumento indeseado de la genitalidad que los padres perciben con espanto, no se debe a un “avance” como se lee comúnmente, que el chico  actúa como “más grande”.
En realidad se trata de una regresión y una fijación a etapas más tempranas que el niño no consiguió reprimir. En este sentido la “actuación” lejos de constituir un juego “prematuro” es un exponente de inmadurez sexual.

El ambiente
En los procesos que acabo de describir, el ambiente está presente pero es invisible, impensable para el niño.
Es óptimo si no interfiere en el desarrollo. Como cuando nos levantamos cada día contando con que hay agua, electricidad y otros elementos cotidianos.
Cada individuo acepta las reglas de su ambiente en una larga lucha donde se resiste a abandonar tantas satisfacciones del pasado.
Con naturalidad, especialmente las madres por su contacto usual, van imponiendo y enseñando, en cualquier clase social, ciertas normas que construyen en el niño el pudor, la vergüenza, el asco. Que son producciones y adquisiciones de la vida civilizada.

Tácticas y estrategias
Generalmente cuando se presentan problemas, los padres consultan o la institución en la que los niños pasan parte del día detectan juegos infantiles que producen cierta alarma.
Si el niño obliga al ambiente a actuar, sus juegos constituyen un pedido de ayuda, es un niño que tiene esperanza de ser rescatado. Quedó trabado en una zona y confía en que será escuchado. Este niño tiene mejor pronóstico que aquel que no “muestra” sus dificultades y se aísla en el problema sin que nadie se entere.
Lo que el niño necesita es ser tratado como niño. Si no, es una intrusión violatoria de sus necesidades.
Cualquier intervención debe ser cuidadosamente sopesada para devolver el equilibrio a la etapa que está atravesando y que, probablemente, si se restauran las condiciones que debe proveer el ambiente, se resolverá por sí sola.
En la teoría, y en mi práctica, las conductas de los adultos deben tender a devolver la confianza en el ambiente y en sí mismo. Sus juegos son juegos y así deben ser tomados.
Concretamente, –los niños no comprenden las abstracciones hasta una edad muy avanzada– se trata de adecuarse a la situación y utilizar las herramientas y recursos que el ambiente ya posee. No hay necesidad de inventar nada, sino usar lo que está disponible.
En la práctica, es conveniente desviar la atención del pequeño hacia las otras conquistas de la civilización, insistir en el aseo personal, el cuidado de sus pertenencias (generalmente todo esto se realiza sin tropiezos  por parte del mundo adulto). Machacar sobre las normas de convivencia, la solidaridad, la capacidad de compartir sus cosas (objetos, comida) y sus experiencias (comentar salidas, juegos, preocupaciones).
Nunca se debe insistir con lo que produjo la alarma. Es como apagar un incendio con querosén.
Muy por el contario, se puede proscribir esa manifestación indeseada en otros, nunca en el propio niño, ya que reforzará sus defensas y se estimulará su curiosidad hacia lo prohibido. Y lo peor, abandonará toda esperanza de ser ayudado.
Otra herramienta importante es centrarse en la tarea, lo que se considera que el niño “debe” hacer, no lo que debe no-hacer.
Le proporcionará mucho alivio y podrá continuar cómodamente en su lucha contra sus instintos, si en lugar de prohibirle o retarlo por lo que está haciendo se lo obliga a ocuparse en lo que puede hacer, acomodar los juguetes, lavar pequeños utensilios, etc. Quiero insistir en este punto, hay que proponer otra actividad que se realice con el cuerpo. No penitencia de estar quieto, actos. Tareas en las que coloque sus energías.
Y no, nunca, palabras. El niño no puede comprender que un juego más (en su criterio) y además placentero despierte tantos contratiempos. Estas explicaciones sobre lo que se debe y lo que no se debe lo confunden.
El niño es eminentemente cuerpo,  ve que su maestra o su madre se lavan las manos si están sucias, su hermano hace berrinches para bañarse, o la comida le gusta o no le gusta.
Es tan infinita la gama de acciones y actividades en las que se puede interesar y de las que podemos estar disconformes que si ponemos el foco en una sola actividad (y, que para colmo, para el niño no tiene más contenido sexual que chuparse el dedo o no ir al baño) no hacemos más que fortalecerla. Lo que se poda crece más fuerte.
En este caso el ambiente, sin querer, estimularía la persistencia en una zona.
 
Resumen
La sexualidad infantil impone exigencias al sujeto infantil y al medio ambiente en que éste se desarrolla.
No existe un niño al que no haya que ayudarlo a abandonar una práctica sexual (en sentido amplio, como hemos expuesto) que lo limita y le hace daño.
Depende de las cualidades del ambiente que el desarrollo continúe por sí sólo.
Las intervenciones del ambiente tienden a ser intrusivas. Constituyendo un refuerzo de  las conductas indeseadas.
Es importante focalizar en otras actividades del niño que necesiten ser propiciadas o suprimidas.

Lic. Silvia Fantozzi
Psicóloga MN 22875
www.silviafantozzi.com.ar

 

 


* Informe presentado a padres y personal de un establecimiento de educación inicial.


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