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Psicologa para mujeres

 VETERINARIOS
CUIDADO DE CUIDADORES*

 

Hace unos días que no…

Se levanta, que no come, que no canta, etc. Las emergencias son casi siempre, paradójicamente, de larga data… Y sí, es frecuente que los dueños de animalitos, esperen unos días porque les pareció verlos mejor. Y llegar a las apuradas con aprensión suplicando una curación casi como un milagro.
Otras veces suele ocurrir que se corre de igual manera  ante el menor indicio, temiendo lo peor. Lo cierto es que, salvo las vacunas, el acercamiento con el veterinario tiene una cuota de desesperación.
Este encuentro con otro ser humano, que además de utilizar sus instrumentos, estudios, capacidad y, por qué no, intuición; también y por el mismo precio debe calmar al dueño del bicho. Ésta es quizás la parte más ardua de la tarea y para la cual la facultad no previó ninguna materia en su plan de estudios.

 

Había una vez un canario blanco

Por supuesto era  el más hermoso de todos. Se lo regalé a mi hija menor. Un día se enfermó, lo cuidé y al poco tiempo se murió.
Los aconteceres de su muerte me hicieron reflexionar en mi prójimo el veterinario.
Cuando lo vi empeorar llamé por teléfono a la veterinaria, pensando en el dolor de mi hija, expliqué los síntomas y me dijeron que  fuera para verlo.
Me di cuenta en el trayecto que tenía la convicción de que cuando llegara lo “salvarían”.
Llegó muerto, aunque ella, la veterinaria ya lo adivinaba, se encargó de él, de su jaula, de mí. Con un abrazo, que todavía recuerdo.
Un tiempo después me pidieron un artículo para la revista del gremio, casualmente, había estado pensando, qué trabajo terrible. Imaginaba a los dedicados a estos cuidados en sus esfuerzos y casi sin herramientas en estas cosas del alma…humana.

 

El cliente y el paciente

Ambos reclaman –y  merecen– atención. Esto nos sucede también a los psicólogos, cuando trabajamos con familias; cuando atendemos adolescentes; cuando aparentemente es un niño el del “problema”; cuando aparece el que padece al que padece (familiares de alcohólicos, diabéticos). Debemos tratar con los adultos responsables, los que nos pagan por nuestro trabajo, los que solicitan ayuda. Los que en definitiva se encargarán de sostener con su cuerpo el tratamiento. Nuestra atención está “dividida” y este hecho no es fácil de transitar.

 

La distancia justa

Una distancia que supo imponer –salvo excepciones– la medicina. Atrincherada detrás de puertas de vidrio, rostros  y palabras difíciles, abundante tecnología.
Los “vete”, son como los médicos del pueblo, alguien con quien se tiene confianza y se involucra bastante.
Lo de la distancia justa no es fácil, tampoco hay un recetario.
Aun excediendo el ámbito laboral, decía un maestro, “la distancia justa es la del puercoespín, la suficiente para darse calor, no demasiado cerca para no pincharse”.
Los momentos difíciles son los que requieren más cuidado. Propio y del otro.  
En el que atiende, el cuidado propio permite tomar decisiones.

 

Decisiones: manipulación y libertad

No podemos obviar la dificultad que se presenta al tomar decisiones respecto de otro.
Este tema está plagado de malos entendidos e hipocresías varias.
Muchas veces, con un barniz democrático, se manipula para que el otro “decida”.
Informar sobre posibilidades y consecuencias es responsabilidad del profesional y en algunos casos es también decidir. Y en otros, decir no. En ocasiones la persona no es tan libre de decidir y menos en un trance arduo.
Opinar sobre un determinado tema, importante para el consultante no puede tener como respuesta “haga lo que le parezca” y encima cobrar por esto.
Un gran terapeuta decía al respecto: “Se me acusa de manipular a mis pacientes. A lo cual respondo, todas las madres manipulan a sus bebes, si pretenden que estos conserven la vida, y cada vez que uno va a una tienda, y los maestros… En verdad la vida entera es una enorme manipulación, hasta en nuestro entierro nos manipulan.”
Cuando hablé de responsabilidad, hablé también de liberarse de culpas. Considero que hay una gran diferencia entre culpa y error y esto genera confusiones que provocan tensiones y sufrimiento.
La culpa pide castigo, –agrega dolor al dolor, dice Nietzsche–  los errores pueden repararse o dejan enseñanzas.
Actuar libremente, sin miedos ni prejuicios implica respeto por nosotros mismos. Conocer nuestros límites y no exigirnos más allá de ellos. Paradójicamente, también debemos estar abiertos para aceptar lo nuevo.
Intercambiar con colegas, incluso estudiosos de otras especialidades, amplía horizontes personales pero también los del que consulta.

 

Lo más importante

Creo que lo más importante es no jugar a ser dios. Dicen las crónicas  que hasta Él se tomó un día de descanso. Respetar el cansancio, las incomodidades, es una regla que colabora en las decisiones “despejadas”
No tenemos todas las respuestas.
Fuera de horario, aprender a reconocer necesidades, a pedir, darse gustos. Ponerse mimosos inútiles y malcriados sostiene la tarea.

 

Nota: Este artículo está dedicado a aquellos que han tomado su profesión como un camino y que han podido responder a una pregunta del maestro de un libro de Castaneda: ¿”Tiene corazón este camino? Si tiene, el camino es bueno; si no, de nada sirve. Ningún camino lleva a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no. Uno hace gozoso el viaje; mientras lo sigas, eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te hace fuerte; el otro te debilita.
  Pero tu decisión de seguir en el camino o de dejarlo debe estar libre de miedo y de ambición.”

 

 

* Artículo publicado en  la revista Noticias de COPROVET Cooperativa de provisión de veterinarios. Abril 1993


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