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Silvia Fantozzi
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ISSN 1853-2926

Comprar todo hecho
Publicado el martes 1 de octubre de 2013 a las 08:36

 

Se espera y supone que los niños deben comportarse de determinadas maneras. Todos. La militancia de nuestra cultura empresarial por la calidad, la eficiencia, el objetivo y la mar en coche empuja y obliga a cierta prematurez en los pequeños.

 

En ese afán de conseguir niños más inteligentes, más rápidos, más urgentes, fortalecen las mañas y no las virtudes. No se necesita aprender demasiado para saber consumir.

 

La preocupación por la felicidad, -sí, leyeron bien, ¿qué otra cosa importa realmente a la hora de criar o criarse?-  es anterior al celular, la electricidad y la estressmanía.

 

Aristóteles, como la propaganda de la leche para producir chicos avispados, indagaba hace unos dos mil y pico de años, casualmente, esta historia del crecimiento y el pensar.
No estaba escribiendo un tratado de pediatría ni pedagogía. Estudiaba las cualidades que necesitamos para buscar el bien y la felicidad.
Descubre -sorpresa- que no se consigue realizando los deseos, decía que los niños viven según el apetito (deseo) y en ellos se da exclusivamente  el de lo agradable y sentencia que si no se encauza es insaciable y absoluto y desaloja la capacidad del pensar. ¡Epa! ¿No era al revés? Según el bombardeo permanente de tooodas las campañas publicitarias. 

 

Si aplicamos la amenaza aristotélica a la vida cotidiana:
Empujar el burro (publicidad de objeto, un auto o una bebida) para que desee la zanahoria (objeto, auto o bebida) creyendo en su promesa de felicidad para luego caer con el betacaroteno de la susodicha zanahoria todavía tibio, a los cinco nanosegundos en la insatisfacción previa y con una deuda de cuotas por pagar y cero de felicidad.
 
Sorri con esquiusmi, una pequeña diferencia, antes de los gritos sagrados de la defensa de su majestad el Deseo. Existen dos clases, los que llenan el alma (propia) y los que llenan los bolsillos (ajenos).
 
Los primeros dan un poco de trabajo, cuesta encontrar qué, aspiraciones, esfuerzos. Fruncen por todos lados: dan miedo porque se relacionan con la producción, crear algo que antes no estaba, no importa qué pero deja una huella personal en la realidad.
 
Los de segunda están prefabricados, son rellenos para posponer al primero, deseos que se compran hechos, alguienes ganan mucho dinero por inventar qué se debe desear. Se relacionan con el consumo. No importa qué, velitas para armonizar, droga, viajes, pomadas o cursos. Inventos de mala calidad, engrupen con cartón.
 
Volviendo al sabio milenario, ¿por qué dirá que el deseo insaciable, aumentando sin parar como las espumas de los lavarropas de antes, devora la capacidad del pensar? Para este filósofo supremo el pensar no es sólo una actividad mental, para él todo el Reino Humano es materia pensante, diferente del Reino Vegetal y el Animal; envuelve en el pensar las emociones, la búsqueda del bien, (los valores, como se dice ahora). La materia esta, pensantiva, no se conforma con alpiste.

 

Sabemos que las cosas no llenan el vacío y que el dinero no hace la felicidad.
La historia del pensante involucra la existencia, lo propio, lo personal. Es rotundamente imposible que un producto manufacturado pueda encajar perfectamente con el ser.
Entonces cualquier cosa agradable desaloja, evacúa, eyecta, anestesia, adormece, obnubila la mismidad. Las ganas de auténticas, reales, actuales. Encontrar (se) algo es –casi–  puro azar. No está a la venta. Lo sentimos, dsiculpe las molestias.

 

Las golosinas, las gaseosas, las comidas chatarra, el mundo del juguete intelengizante, el mercado de mascotas, la ausencia de desayuno, la creencia de que los niños deben elegir genera gordos insatisfechos, aburridos. Estafados y engañados, porque es mentira que eligen, nadie les pregunta si quieren vacunarse o a qué escuela quieren ir. Les hacen creer que el mundo es de ellos y no saben cómo manejarlo, ¿calesita o ruleta rusa?

 

Los niños de todas las edades, el niño, la niñita que viaja en el interior de cada quien y los que pululan por afuera, después del empacho de helado  y el dolor de los tacos nuevos continúa queriendo eso que no se alcanza con aplicaciones, cucharita ni plataformas.

 

Eso, que no podemos explicar pero que bien se sabe cuando sucede. Qué bien, sabe. Qué bien, sucede. Sucede. Qué bien!

 

 Hasta la próxima!

 

 




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